
Ay… La noche cerró su puerta, y yo me quedé llamando. Tu nombre ardía en mi boca como un hierro entre mis labios. Ay, amor… ¿Quién le devuelve a la tierra lo que la tierra ha robado? Te fuiste cruzando el río sin volver hacia mí la cara. Los olivos se inclinaron, pero tú no regresabas. Guardé tu última mirada donde nadie la encontrara; debajo de aquella herida que nunca llegó a cerrarse. Ni el vino duerme esta pena, ni el alba rompe su sombra. Cuando pronuncio tu nombre, hasta las campanas lloran. Yo te quise contra el tiempo, contra Dios y contra el alba. Si la muerte te ha llevado, que venga a buscarme a casa. Que yo no entierro tu nombre aunque me entierren mañana. Seguiré cantando, amor, hasta que sangre la luna sobre las tierras de Granada. Ay, amor mío… Ay, vida mía… La tierra guarda tus pasos. Mi sangre guarda tu herida. La cal blanca de tu casa todavía guarda tu sombra. En el patio el agua calla; ya ni la fuente te nombra. Le pregunté por tus manos al viento de la montaña. El viento bajó los ojos y no me respondió nada. Ni el vino cierra esta herida, ni el sol me devuelve el alma. Desde que faltan tus ojos, toda la luz llega apagada. Yo te quise contra el tiempo, contra Dios y contra el alba. Si la muerte te ha llevado, que venga a buscarme a casa. Que yo no entierro tu nombre aunque me entierren mañana. Seguiré cantando, amor, hasta que sangre la luna sobre las tierras de Granada. Yo no te pido que vuelvas… Los muertos no dan palabras. Solo le pido a la noche que, cuando mi voz se apague, junte mi sombra a la tuya debajo de la misma tierra… Y que nadie nos separe. Yo te quise contra el tiempo, contra el cielo y la distancia. Si la muerte tiene puertas, yo las abriré cantando. Que yo no entierro tu nombre aunque me entierren mañana. Seguiré llamándote, amor, hasta que sangre la luna… hasta que sangre la luna… sobre las tierras de Granada. Ay… Cuando mi garganta calle, te cantará todavía la sangre.

