Sin nada Con el cigarro en la mano, sin una peseta en el bolsillo, sentado en el jardín de un asilo, miras a la gente pasar. Piensas en tus familiares que apenas vienen a verte; recuerdas la fuerza de tus manos, la fuerza de tu cuerpo que luchaba cada día por sacar adelante a tus seres más amados. Ahora miras a la gente joven con nostalgia y con envidia; miras a las mujeres con admiración silenciosa, mientras comprendes que todo aquello ya pertenece al pasado. Tu presente es un asilo, la compañía de otros ancianos, habitaciones compartidas y silencios demasiado largos. Tus manos ya no tienen fuerza, tu cuerpo se ha doblado por el peso de los años y las heridas de la vida. A veces miras la puerta esperando ver entrar a alguno de tus hijos, aunque sea solo un momento para poder conversar. Y cuando nadie llega, te quedas mirando el suelo, fumando lentamente como quien intenta engañar al tiempo. Recuerdas aquellos días en que eras tú quien sostenía la casa, quien trabajaba sin descanso para que nada faltara. Recuerdas también las risas, las comidas alrededor de la mesa, los abrazos de tus hijos pequeños corriendo por toda la casa. Hoy dependes de otros, de manos desconocidas, mientras el reloj avanza despacio sobre tu vida. Las tardes parecen eternas, y las noches aún más frías; solo los recuerdos te hacen compañía. A veces cierras los ojos y vuelves a ver a tu esposa, sentada junto a ti, hablándote despacio como en aquellos años en que la vida parecía más hermosa. Pero al despertar todo vuelve al silencio: los pasillos vacíos, las ventanas cerradas y el eco de los pensamientos. Das gracias al buen Dios porque todavía respiras, porque aún conservas recuerdos y algo de esperanza viva. Y aunque tengáis que sufrir la soledad y el olvido, os mantenéis unidos esperando pacientemente que vuestros hijos os vengan a visitar. Porque el dolor más profundo no lo causa la vejez, sino sentirse olvidado después de haber dado tanto. Y en el silencio del asilo, entre pasillos vacíos, muchos ancianos esperan una caricia, una palabra, o simplemente un poco de cariño. Esperan escuchar su nombre, sentir una mano cercana, ver abrirse una puerta aunque sea por unos minutos. Porque a veces un abrazo vale más que mil medicinas, y una visita sencilla puede devolverles la vida. Sin nada llegaron algunos a este último camino, y sin embargo todavía guardan amor dentro de sí mismos. Porque aunque los años pasen y el cuerpo pierda fuerza, el corazón de un padre nunca deja de esperar. — Eduardo Cuña Paz —