
Los abedules brillaban bajo la luna, blancos como huesos en la oscuridad, mas allá del sendero. Entre los troncos se abrían pasillos negros que se hundian en un bosque espeso. Una rama crujió en algún lugar. El viento paso entre las hojas y unos tablones viejos gimieron sobre ella. La niña estaba sentada en el suelo, junto a la puerta de un refugio-ni casa ni madrigera-que era el único en varias leguas. Un olor espeso emanaba del interior, mezcla de leña quemada, juncos humedos y el sudor que empezaba a enfriarse sobre un cuerpo. La niña ya llevaba horas fuera. Cuando un graznido seco rompió el silencio. Elya alzó la vista hacia la rama baja y retorcida de un viejo manzano junto al sendero y como a tiro de piedra de su asiento. Un cuervo la observaba con ojos como cuentas de ónice, tan quieto e inmóvil que parecía haber sido tallado en piedra. Algo en él le recordó al único verdugo que había visto hace años., un hombre enjuto que estudiaba el cuello de un condenado con la misma intensidad calculada. “Cuando un cuervo baja al llano, la muerte va de la mano”, había oído en ocasiónes entre la gente del pueblo. Nunca le había parecido tan cierto. El sendero se abría frente a ella como una herida en la tierra, engullendo las últimas luces del día. Más allá, el bosque se espesaba hasta volverse una sombra casi líquida. De entre las ramas brotaba a ratos un rumor que igual podía ser viento que lúgubres palabras muy quedas. Hacía rato que sabía que tenía que moverse pero allí seguía, con una apestosa saca de inesperadas monedas en el regazo. Las lágrimas, que había procurado contener, la habían marcado surcos claros bajo los ojos. Las palabras de su madre seguían clavadas en su cabeza. -Busca detrás de la esquina de la pala en la zahúrda… Allí encontrarás algo que es tuyo… . Un hilo de aire áspero escapo de sus labios resecos -Cógelo y ten cuidado. Debes.. llegar a Varisy.. Cada aliento parecía arrancado a la fuerza de un cuerpo casi vencido. -Busca... a una mujer... llamada Cloudy. Dile... que cuando las hijas vuelan... Sintió el último apretón en su brazo, débil y desesperado, como si aún se aferrara a un hilo invisible que la mantuviera capaz de hablar. Un último intento de tomar aire. Y despues. Nada. La luz se apago en sus ojos sin mayor ceremonia. No sabia cuanto tiempo llevaba allí. Había visto caer la noche con el temor enroscado en el pecho y una tristeza que parecía aletargarlo todo, incluso el miedo. Nunca habían necesitado ir mas allá de la aldea. Todo cuanto había sido su vida estaba cerca: el corral, el huerto y la mujer que acababa de morir. El mundo era poco más que un rumor. Sabía que varios días hacia el este se encontraba el mar, y lo imaginaba vasto y gris como una bestia dormida. Y mas allá.. Ludya. Había oído hablar de ciudades con casas tan grandes como el Orial de Holt Bircen, con rostros capaces de hablar y de sirenas que atraían a marineros borrachos antes de devorarlos. Aquellas historias ya bastaban para asustarla. Ahora tendría que echarse al camino, sola, bajo aquella luna entre tinieblas. Y fue entonces cuando, desde el sendero, le llegó aquel chasquido de ramas bajo botas, y aquella voz cascada. -¡Vaya, vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? Una dulce flor?.. ¿O una ratita en su agujero? A su diestra había un tipo barrigudo y con una barba rojiza, como un matorral, y algo más atrás, otro enjuto y moreno que parecía despedir peligro como el hedor de un pantano. Elya se puso en pie como un resorte,abrazando la saca de monedas como un escudo. - No te aconsejo correr, damisela. - dijo con una voz como de grava. - Rudy te alcanzaría como un galgo. Apoyaba una mano sobre la rodilla izquierda mientras sostenía en la otra una bota de piel que goteaba, con hedor a vino barato. - Y te aseguro que no gasta modales muy finos cuando se enfada. La miraba con unos ojos humedos, inmóviles, como los de un sapo Un espada corta y mellada pendía de su cintura,como un reflejo en la penumbra, sobre unas calzas ráidas y con manchas de barro. La niña no respondió. Intentaba contener el temblor mientras sus dedos se cerraban con fuerza en torno a la bolsa -Una damisela tímida -comento el único que parecía hablar, inclinándose. -Bueno. Prometo ser gentil. Un caballero siempre lo es con una dama educada. El más flaco avanzó hasta casi ponerse a la par; tenía un ojo grande y oscuro y el otro, a su derecha, cubierto con un parche. Debajo de éste, una cicatriz retorcida como una víbora muerta surcaba su mejilla. Elya recordó que dentro de la choza había una hoz y un cuchillo,y dio un paso atrás,sopesando si lograría alcanzarlas y hacer uso de ellas. ´-Ya estás hecha una mujercita. Sonrió. - Y las mujercitas listas saben cuándo conviene ser amables con los soldados del rey. El moreno, sin decir nada, tras mirarla un instante y posar su único ojo en la saca, comenzó a caminar hacia ella. Y fue entonces cuando sucedió. Un graznido casi imperioso rasgó el aire, tan agudo y seco que hizo eco entre los árboles. Y algo negro y sinuoso se deslizo hacia al suelo con una gracia siniestra. Por un momento, Elya vislumbro una suerte de sombra que cobraba la forma de una figura delgada. Una niña de pelo lacio y oscuro que no parecía mucho mayor que ella, pero cuyo rostro de ojos inmensos tenía la misma frialdad que una noche sin luna. El barbudo retrocedió, mirandola desconcertado y cambiando la bota de mano. -Por el coño de Verya ! La niña habia quedado agazapada, sobre una rodilla y con un pie firme en la tierra. Se puso en pie. Ni siquiera miro a Elya. Después empezó a caminar con calma hacia los dos tipos. Y mientras avanzaba comenzó a cantar, tan bajo que casi había que arrancar las palabras del aire. Cuando pasaba frente a ella, Elya creyó entender: Mamá cuervo canta sobre el pedregal; los pobres soldados ya no volverán. Comen los cuervitos, comen sin piar... la niña se detuvo a unos pasos del más grueso, que había olvidado cerrar la boca. - duerme mi pequeño.. En el moreno, la espada habló antes que él, rasgando el aire con un susurro a cuero y metal. - que te han de velar. La hoja le tembló al salir de la vaina y la hizo oscilar en el aire como si el gesto fuese deliverado, pero la espada mentía casi tan mal como su rostro. La niña lo observo sin miedo ni sorpresa como quien ve un insecto acercarse demasiado a una llama. Luego sus ojos se clavaron en los del otro, el más grueso, que parecía haber echado raices. El gruñido que emitió sonó más a puro instinto que a voluntad. - Decidme una cosa. Os gusta la música? - pregunto con una suavidad impropia de aquel lugar. Los dos hombres cruzaron una mirada de desconcierto.. -¿Pero… quién mierda eres tú? Dijo el único que parecía hablar. La rabia le endurecía la voz, el miedo la sostenia. La niña ladeó apenas la cabeza. Su rostro casi no se movió; solo un pequeño tic le recorrio la mejilla, como si algo vivo reptara bajo la piel. Busco los ojos del moreno. La punta de la hoja había descendido un dedo sin que pareciera advertirlo. -¿Te cantaba tu madre cuando no dormias? La voz era tan dulce que Elya sintió un escalofrio. El moreno dio un paso atrás . (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved

