
La noche viste de grana, la luna tiembla en la plaza; rasga la guitarra el aire, y el corazón se desgarra. Cruza un suspiro la plaza, arde una vela en el patio; las palmas despiertan la tierra, y el silencio marca el paso. Ay, duende, ven a despertar; con sangre de luna, con fuego al cantar. Bajo el cielo de aceituna, mi voz se quiebra al pasar; la guitarra llora bajito, y las penas salen a bailar. Si la pena llama a mi puerta, que la encuentre abierta al compás; que hasta el dolor, cuando canta, se vuelve luz al marchar. Ay, duende, ven a despertar; con sangre de luna, con fuego al cantar.

