Mis manos sí que saben atrapar el azul de la lluvia y de ese modo, después de haber amado tanto todo, el silencio decide dormitar. Giro y giro y no dejo de girar mis dedos en el aire y acomodo un viejo sortilegio en un recodo de un corazón que ya no sabe amar. Y una pequeña gota cristalina, disuelta del carámbano incrustado, ya comienza a rodar por el tejido haciendo del amor la medicina del poema la Fé de lo creado y del poeta, el beso más temido.