
Me desperté a las seis y media, la misma hora en que nací. ¿Será una simple coincidencia o estaba escrito así? Una hora de silencio, dos cafés para empezar, yo sola con mi mente brillante... ¿Qué más podía pedir? Bueno... tres voces en mi cabeza que no paran de hablar. Una dice: “Levántate, hoy vas a cambiar.” Otra contesta: “Déjala, todavía es temprano.” La tercera no dice nada, está haciendo un plan. No sé para qué sirve, pero parece importante. Abro la ventana, respiro y miro al cielo: “Hoy será un día normal.” Qué mala costumbre la de hablar demasiado pronto. Tengo café en la mano derecha, la ansiedad en la izquierda, y dentro de la cabeza una reunión sin puertas. Pero no pasa nada, yo lo tengo bajo control. Bueno... casi todo. Estoy genial, estoy genial, no hay nada que explicar. A veces hablo conmigo cuando nadie está mirando. Estoy genial, estoy genial, todo marcha bajo control. Si mi cabeza grita fuerte, le digo: “baja la voz”. Estoy genial... perfectamente normal. Hice una lista para hoy: limpiar toda la casa, lavar, doblar la ropa, contestar algún mensaje, ser una persona normal. Perdí la lista. Pensé que era una señal. Me senté en el sofá para poder reflexionar. Dos horas más tarde tenía cuarenta pestañas abiertas: “¿Se puede echar de menos a alguien que sigue vivo, pero ya no está en tu vida?” No sé cómo llegué hasta allí. Pero ahora necesito respuestas. Una voz dice: “Cierra todo.” Otra: “Continúa.” La tercera: “Compra un pastel.” Por fin... una decisión sensata. Estoy genial, estoy genial, no hay nada que explicar. Tengo algunas conversaciones que prefiero no contar. Estoy genial, estoy genial, todo marcha bajo control. Si empiezo a discutir conmigo, normalmente tengo razón yo. Estoy genial... perfectamente normal. A veces pienso demasiado, después pienso en lo que pensé, y me pregunto por qué pienso en pensar otra vez. Y cuando ya estoy agotada de tanto darle vueltas al sol, me preparo otro café... porque parece que el café cura cualquier situación. Durante unos siete minutos. Después... vuelve la revolución. Tengo planes. Tengo sueños. Tengo cosas por hacer. Mensajes sin contestar, ropa por recoger. Tengo una casa patas arriba y tres voces dentro de mí discutiendo quién va a empezar. Y lo más curioso... la única que trabaja soy yo. Esto no es una democracia. Es una dictadura. Pero admito que... soy una dictadora excelente. Estoy genial, estoy genial, mírame cómo funcionar. Río cuando debo llorar, lloro cuando debo descansar. Estoy genial, estoy genial, no se tienen que preocupar. Si me ven hablando sola, es que estoy ensayando para hablar. Estoy genial, estoy genial, todo marcha bajo control. Mi cabeza es un manicomio... pero pago yo el alquiler. Me desperté a las seis y media... la misma hora en que nací. Quizá sea coincidencia. Quizá estaba escrito así. Tomo otro café. Las tres voces se han callado. ... No. Una ha vuelto. “Compra el pastel.” Vale... quizá lo compre.

