Fue cuando sus ojos abiertos dejaron de mirarnos, perdidos, transparentemente opacos… Bajo el desorden de su adorno y su aspecto desgajado, ida de sí, vimos que sin ella, ya no era. Ante sus auroras fuimos extraños, ante su lejano espectro de rutinas. Aunque navegó bajo huracanes hueca de hogar y rostros, aunque su luz marchita, hilo su voz despelucada, aunque su rumbo cedió siempre al timón de nuestro brazo... sintió que flotó en nuestro mar su cuerpo a la deriva. Sus huellas se agotaron y entregaron su carne desertada por la lentitud de las dunas al vasto desierto del olvido. No añoraba al sol ni al mar, ni a sus caprichosos vientos, su armadía ya la había, definitivamente, abandonado. Aunque navegó bajo huracanes hueca de hogar y rostros, aunque su luz marchita, hilo su voz despelucada, aunque su rumbo cedió siempre al timón de nuestro brazo... sintió que flotó en nuestro mar su cuerpo a la deriva. Y después de deshojar, otoño tras otoño, luengo y cansado nuestro calendario, arancel de su carne llena de vacío, se apagó en la verja de las cruces, y oscuros cipreses de mármol. Aunque navegó bajo huracanes hueca de hogar y rostros, aunque su luz marchita, hilo su voz despelucada, aunque su rumbo cedió siempre al timón de nuestro brazo... sintió que flotó en nuestro mar su cuerpo a la deriva.