
©2026miriam_hidro Inspirado en mi álbum UNOLE y las canciones guerreras de Yala ©2025miriam_hidro. Música e imágenes generadas con asistencia de IA bajo dirección creativa de la autora. ___ ⛸️ 🐺 ___ SINOPSIS: Yala no parpadeaba, observaba en la pantalla a sus patinadores favoritos, volaban. Dos cuerpos afilados como lanzas, giros que cortaban el aire, miradas que atravesaban la distancia. Para ella, ese programa era más que un deporte, era un ritual de arte sobre la pista helada. Eran puro fuego, energía deslizándose sobre un hielo que crujía bajo cada trazo. Entonces no lo pensó, encendió su tablet y empezó a dibujar. Mientras lo hacía, un sonido ancestral brotó, profundo, como si emergiera desde las entrañas del hielo, y unos primeros pasos coreográficos aparecían claramente. Era como si esos movimientos y ese eco antiguo hubieran estado esperando allí, atrapados en el frío, desde antes del tiempo. La coreografía empezó a revelarse. Comenzaba con un deslizamiento profundo y lento, casi ceremonial, como una invocación al hielo. La cuchilla susurraba sobre la superficie, dejando un rastro fino y vibrante. El cuerpo inclinado, los brazos abiertos como alas, no era solo equilibrio… era intención, un llamado antiguo, como el primer aullido en la noche. De pronto, la calma se rompía. Los pasos se volvían irregulares, intensos, casi tribales. El hielo respondía con un leve crujido a cada cambio de dirección. Giros rápidos y precisos se entrelazaban como símbolos dibujados sobre la pista; no eran simples trazos, eran huellas, marcas de algo primitivo que ya no estaba dormido...que empezaba a alzarse. Un salto breve cortaba el aire como un grito de guerra. Bajo, veloz, contenido. El impacto era seco pero preciso, el filo mordía el hielo… y por un instante parecía que el calor nacía desde los propios patines, como si el fuego quisiera abrirse paso en cada contacto. La caída era silenciosa, felina. De ella nacía un giro vivo, cambiante, que respiraba como un latido: aceleraba, frenaba… como un pulso salvaje. Entonces llegaba el momento clave. La pirueta se transformaba en una flecha en movimiento. El aire se tensaba alrededor, el giro levantaba una vibración casi imperceptible. El cuerpo extendido, el eje desafiando lo imposible, la mirada fija, decidida. No era solo una figura técnica… era una invocación, un espíritu girando sobre sí mismo. La coreografía respiraba. Yala lo tuvo claro: estaba representando una danza del espíritu lobo y guerrero. Podía verlos en la pista. El lobo imitaba la fuerza del guerrero, el guerrero la fluidez salvaje del lobo. No había pasos impuestos, había alma. Su mente incorporaba movimientos nacidos de lo ancestral. Hombros y manos hablaban su propio lenguaje. Los brazos no seguían… dirigían. Cortaban el aire frío como si apartaran velos invisibles, como si abrieran paso a algo más allá de lo humano. Y finalmente, el cierre. La velocidad estallaba en una cadena de giros que devoraban el espacio, el sonido sobre el hielo se volvía más agudo, más intenso, cada vuelta más rápida, más salvaje, hasta que todo desaparecía y solo quedaba el eje, el centro, el espíritu. Terminaba con un desplante firme, una pierna atrás mostrando la hoja del patín clavada en el hielo, los brazos extendidos hacia atrás… una coreo lista para los guerreros y lobos. No necesitaban armas, sus movimientos y sonido eran la propia batalla. Una llamada realizada desde el hielo con fuego y luz. El espíritu lobo y guerrero eran uno solo. La coreografía… estaba viva. ___©©©copiright ©©©___ Llevaba mucho tiempo queriendo crear algo sobre el patinaje sobre hielo, pero no encontraba la idea, no la veía clara. Hasta que los vi. Olivia Smart y Tim Dieck, en el Mundial de Praga. Patinadores españoles, de origen inglés y alemán respectivamente, de los que muchos nos sentimos orgullosos. Para mí, merecían más. Tanto en los Juegos Olímpicos como en el Mundial. Aunque también había otros grandes deportistas de los que pudimos disfrutar, cuando los vi a ellos… vi el fuego. Y entonces lo tuve claro. Esto también es un homenaje. Un agradecimiento. Porque a veces basta un instante, un movimiento, una mirada sobre el hielo… para encender algo que ya no se apaga.

