Varisy (XIII) (...) A su lado, Maren dormitaba con la espalda apoyada en un barril y la boca entreabierta. A ratos, se le escapaba un ronquido corto. Dormida, Maren parecía otra mujer. Las arrugas de alerta que casi siempre le endurecían el rostro se le rendían al sueño . Más allá, una joven acunaba a un niño que no dejaba de lloriquear. Un sonido débil, como el maullido de un gato recién nacido. Frente a ella, un hombre canoso, de edad difícil de adivinar y ropas raídas, deslizaba una a una las cuentas de un rosario de Ormagur. Murmuraba una plegaria tan baja, que el crujido de la madera acababa por tragarsela. A su lado, un niño pecoso sostenía una escudilla bajo una gotera. Sonreía cada vez que una nueva gota caía dentro. Termino bostezando sin dejar el juego. Elya no dormía. Miraba la penumbra. Escuchaba. Recordaba. El traqueteo del carromato había quedado atrás. Ahora el compás lo marcaba el mar. No era más piadoso. Solo tenía otra forma de castigar. Portumbráy había olido antes de verse: salitre, pescado podrido y el tufo agrio de cientos de personas hacinadas. La inquietud estaba en todas partes: en las voces apagadas, en las manos aferradas a pobres hatillos y cestos , en los ojos que evitaban encontrarse con otros . Habían llegado al atardecer, con el cielo encendido como una herida , y el puerto hervía de fugitivos que se apiñaban en las calles, en las pocas posadas o bajo frágiles tenduchos de lona. Rodrik había negociado lo mejor que pudo. Vendió el carromato. Después la mula. Luego casi todo cuanto llevaban, conservando apenas un par de mudas, dos mantas, y mas comida de la que Elya habría imaginado. La única posesión que se negó a vender fue la última espada que había forjado . La llevaba a la espalda, envuelta en un hule ennegrecido por la lluvia, el barro y los años. Aún le veía regateando con un hombre de dientes blancos, ojos feroces y sonrisa fácil, apodado el Gaznate, el capitán de una coca que a falta de estaño y lana, comerciaba con la huida. - Cullen primero. Haremos noche allí. Si la bolsa aprieta, podéis dormir a bordo. Luego, Varisy.Echemosle día y medio con buen viento. El Gaznate, que negociaba frente a su propia embarcación “La picarona” repartía la vista entre Rodrik y la nave, y chasqueo los dedos hacia un grumete. - ¡Larga esa amarra! ¡Nos va a comer el pilote! Mientras discutía el precio,sonreía a menudo. Pero la sonrisa se borraba cada vez que volvía los ojos hacia el barco. Entonces solo quedaba un capitán. - Dos denarios por cabeza , si tardáis tres. Y otro por equipaje.. si no abulta como tu. El Gaznate sonrió. Rodric no lo hizo, pero acepto el trato. El comprador accedió a dejarles el carromato hasta el alba. Rodrik cedió unas monedas en el precio y ambos salieron convencidos de haber hecho un buen negocio. Al amanecer embarcaron en "La Picarona". El cruce hasta Cullen había sido corto en distancia, pero largo en incomodidad. Apenas unas horas, le habían dicho. Pero el mar no cumple promesas, y menos de otros. Algunos vomitaban sin descanso. Otros rezaban entre dientes. Los demás se dejaban caer donde encontraban sitio, como fardos dejados en la bodega. Y al amanecer siguiente, volvieron a embarcar. - Ciento sesenta leguas-oyó decir a un marinero Para Elya, aquellas leguas no eran distancia, sino vómito, sueño y agua salada. Rodrik pasaba la mayor parte del tiempo en cubierta. El Gaznate había descubierto enseguida que era más útil echando una mano que metido en la bodega, entre fardos, barriles y almas con el estomago revuelto. Aquella noche, sin embargo, el capitán les permitió a ella y a Meren subir un rato. El aire de cubierta les golpeo el rostro como agua fresca. Después de la bodega, parecía otro mundo. El primer aliento de aire limpio casi dolía. "La Picarona" avanzaba con un balanceo lento. A un costado, la media luna sembraba un reguero de plata , mientras las primeras estrellas empezaban a abrirse paso entre los jirones de nubes. Y Elya sintió una paz pequeña. Tímida. Casi culpable. Por primera vez desde Roncay, el aire no parecía esconder nada Solo traía olor a mar. Hasta Maren aflojo el gesto. Se ajustó el rebozo bajo la barbilla y, sin apartar la vista del agua, murmuró: - Desde aquí parece más amable. Abajo.. a veces juraría que quiera tragarse a una. Ahora si, el viaje tocaba a su fin. Se notaba. El aire, incluso alli dentro, había cambiado. Menos húmedo, sí, pero también más vivo. El olor del mar ya no era abierto y salvaje, sino denso, trabajado, lleno de otros olores: brea, especias, el sudor de cientos de personas. Hasta el balanceo era distinto. Arriba sonaban pasos. Sonó una voz: - ¡Varisy! ¡El Vigilante a estribor! El barco empezó a perder velocidad. Las órdenes se sucedían sobre cubierta. Una polea chirrió. Un murmullo recorrió la bodega entre suspiros. Aquí y allá alguien se incorporó, otro se frotó los ojos y el silencio fue cediendo al roce de telas y fardos. La mujer del niño lo estrechó con más fuerza, como si la tierra firme fuera a arrebatárselo. Elya no se movió de inmediato. Sintió un latido seco en el pecho. Luego, el nombre. Varisy El eco de su madre. Cloudy. Se puso en pie cuando Maren le tocó el brazo. - Vamos, niña. El aire fresco llegaba desde arriba. Aun así, Elya tardó un instante en dar el primer paso Subieron con los demás, cada uno abrazado a su hatillo como si fuera un tesoro. Rodrik se había adelantado. Los esperaba junto a la escala. La luz del exterior las recibió como una bofetada. Elya entrecerró los ojos. Durante un instante no vio más que una mancha blanca. Antes de recuperar la vista oyó una campanada. Luego el graznido de gaviotas. Lo primero que distinguió no fue la ciudad sino un gran rostro. Una mujer tocada con una cofia miraba al mar desde lo alto de una torre gris, surcada por vetas verdes que siglos de salitre habían dejado sobre la piedra. - La Viuda! Bendita sea.. - dijo alguien que no acertó a distinguir. - Y bendito sea el Burlón sus tascas y sus fulanas!. Que ya era hora!-grito un marinero encaramado al palo de mesana. Las carcajadas estallaron sobre cubierta. Elya buscó con la mirada a la viuda de la que hablaban. Solo encontró aquel inmovil rostro de piedra Las voces siguieron mezclándose con el trajín del puerto. Por un instante creyó ver en él el rostro de Maren. Solo que más joven y más alta que cualquier abedul que había visto. No muy lejos, dos estibadores forcejeaban con un barril mientras se lanzaban insultos que Elya no alcanzó a entender. Maren la asió del brazo. - Mira! Elya giró la cabeza. Al otro extremo del puerto, entre un bosque de mástiles, vergas y velas recogidas, otra torre con rostro asomaba sobre los tejados. Era más pequeño que la Viuda y de un color más oscuro. No llevaba cofia. Lucía una melena espesa, endurecida por el salitre, que el escultor había labrado en gruesos mechones ondulados. Sonreía. No le parecio una sonrisa amable. Si una estatua podía burlarse, aquella parecía estar riendose de todo el puerto. (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved