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El torneo (II)

El torneo (II) (...) Abajo, los dos caballeros tomaban sus posiciones con la solemnidad de educados predadores. Poco a poco, el rumor de las gradas fue apagándose hasta quedar reducido al resoplido de los caballos y al leve roce del cuero y las riendas. El sol arrancaba destellos de las armaduras bruñidas. Sobre las lanzas, los pendones se agitaban con la brisa: el oso de plata de sir Kael y el tritón de gules sobre campo de sable de sir Alton. Sir Kael , alto y mazizo, lucía una oscura expresión de granito bajo el yelmo y ajustaba las riendas con manos como mazos de herrero. Al otro lado, ser Alton aguardaba sobre su montura. Era algunos años más joven y más esbelto que su rival. Mientras Kael parecía forjado para romper escudos, Alton daba la impresión de haber nacido para esquivarlos. Bajo el yelmo asomaba una media sonrisa, tan fácil de confundir con cortesía como con burla. - Kael está furioso. —observó Nadim, sin apartar los ojos de la arena. - Lleva el pasado colgado del cuello como una losa. Tuglio siguió la dirección de su mirada antes de responder. - Y Alton apenas parece tocar la silla. - añadio Tuglio, como si rematara la idea. El cuerno rasgó el aire. Ambos caballos partieron al mismo tiempo La arena tembló bajo los cascos mientras la distancia entre ambos se deshacía. Las lanzas se encontraron con un estruendo de madera y acero. El impacto retumbó por toda la liza. La de ser Alton golpeó el escudo de Kael con la violencia de un ariete. El roble estalló en una lluvia de astillas y el enorme caballero se vio obligado a echar el cuerpo atrás para no salir despedido de la silla. Su caballo dio dos pasos de costado antes de recuperar el equilibrio. Un murmullo recorrió las gradas. - El honor es, a veces, un lastre peligroso-dijo Nadim con una sombra de ironía. - Y ese hombre lleva demasiado encima. Tuglio siguió con la vista a Kael mientras este enderezaba la montura y dejaba caer los restos del escudo. El condestable Napier, habló sin apartar la mirada del campo. - Tal vez. Su voz era grave, cansada. - Pero hay cargas que, si las dejas en el suelo, descubres que eran lo único que te mantenía erguido. El condestable Napier sintió de súbito una punzada en la cadera rota, y sus ojos se nublaron como un mar helado que oculta tormentas. Pero en el campo de justas, el sol continuaba su ascenso lento. El calor que emanaba del suelo seco y salpicado de astillas se mezclaba con el olor a sudor y cuero de los caballos. Sir Kael y Sir Alton habían roto ya tres lanzas cada uno. Ninguno habia logrado imponerse al otro. Ahora, con las espadas en mano, la cortesía de la justa empezaba a menguar. Los golpes llegaban rápidos y duros, sin la elegancia de las canciones de bardos. Cada choque arrancaba un sonido seco que recorría las gradas, y cada vez que una espada encontraba un hueco, miles de ojos se inclinaban esperando ver sangre. Kael avanzaba como una tormenta. Cada golpe hacía vibrar los escudos alrededor del campo y arrancaba murmullos entre el publico. Su armadura era un mapa de abolladuras y arañazos, un reflejo de la fuerza brutal con la que arremetia. Alton daba un paso atrás cuando Kael daba dos hacia delante. Desviaba un golpe que otro habría intentado detener y dejaba que la furia hiciera su trabajo. Esperaba. Porque cada golpe que no encontraba un blanco era una gota más de fuerza que Kael dejaba sobre la arena. En el palco, Nadim observaba con los brazos cruzados tras la espalda. - Kael arremete como un toro, y Alton no hace otra cosa que abrirle paso. ¿A eso tambien nos lleva el honor ? ¿A convertir a un hombre en una bestia? El condestable Napier seguía mirando la liza. Su rostro permanecía impasible, aunque sus dedos se apoyaron un momento sobre la balaustrada. - He visto morir a más hombres por el honor que por la codicia. Nadine volvió la mirada hacia su padre. Napier tardó un instante en continuar. - La codicia suele saber cuándo detenerse. El honor... casi nunca. En la arena respondió un rugido. La espada de Kael cayó como una centella. Alton cedió apenas un paso. La hoja pasó junto a su hombro, arrancando un chasquido de acero contra acero , y el propio impulso de la embestida llevó a Kael un paso más allá de lo esperado. Alton giró sobre el pie trasero con una elegancia que fué casi un insulto. El plano de su espada estallo contra la espalda de Kael haciendo que este diera un traspiés y casi perdiera el equilibrio. Un murmullo de sorpresa recorrió a los espectadores. El Condestable no apartó la vista del combate cuando dijo. - Kael pelea para vengar una afrenta y Alton, para demostrar que nunca existió. No apostaría demasiado pronto por ninguno de ellos. Alton cedió hacia atras, ligero sobre los pies. Esperando otra carga. Las gradas rugían. Unos coreaban el nombre de Kael; otros el de Alton. El resto no alentaba a ninguno. Habían olido sangre vieja bajo aquel duelo y no estaban allí solo para admirar la destreza. Kael volvió a avanzar. Solo el Condestable —y quizá Tuglio— se percatarón que los pies de Kael se movían con una cautela nueva. Repitió la misma entrada, el mismo grito, el mismo tajo alto. O eso quería que Alton creyera. El Condestable entrecerró los ojos y musito. - Ahora sí. Alton mordió el anzuelo. Se apartó con la misma elegancia que antes, esperando encontrar el mismo error. Pero el golpe nunca llegó donde esperaba. La hoja de Kael cambió el trayecto en mitad del arco y descendió con un violento golpe lateral contra la guarda de la espada rival. El acero escapó de los dedos de Alton con un chasquido seco. Giró por el aire, reluciendo un instante al sol antes de hundirse en la arena a varios pasos, levantando una nube de polvo. Durante un latido nadie dijo nada. Después las gradas estallaron. El clamor subió como una ola rompiendo contra los muros del palenque. Nadim, sin embargo, inclinó la cabeza con una sonrisa. - Concedo que con un toro hábil, cuando piensa, hay que tener cuidado. Pero el combate no habia terminado. Kael tenía la victoria al alcance de la mano. La espada de Alton yacía en la arena, lejos de sus dedos. Bastaba un paso atrás, un saludo, una palabra. Pero Kael no dio ninguno. El acero se alzó sobre su cabeza. Por un instante, nadie en las gradas respiró. Incluso quienes habían venido esperando sangre comprendieron que aquello era algo peor que una victoria. El acero brilló bajo el sol antes de descender. Alton, ágil como un lobo acorralado, se arrojo a un lado cuando la espada golpeaba. El filo cortó el aire donde un instante antes había estado su cabeza. Desde el suelo, lanzo la pierna raudo y golpeo las grebas de Kael cuando este avanzaba. Kael cayó de bruces; su hoja se hundió en el polvo y una nube los envolvió, ocultándolos durante un instante de las gradas. El público estalló en un clamor dividido entre vitores y risas nerviosas. Kael rodó sobre la espalda y buscó incorporarse. No llegó a hacerlo. Alton cayó sobre él , clavando el peso de su cuerpo contra la armadura. Sus manos aferraron el casco - Basta! - gruñó. (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved