Odio gratuito... El espasmo crónico de los que habitan el vacío. Vampiros de energía ajena, cadáveres plásticos que transitan sin rumbo. No tienen causa, no tienen argumento, solo la bilis negra de ver la lucidez ajena. Me miran desde su mediocridad empaquetada. Intentan morder el acero de mi estructura, pero solo rompen sus propios dientes. Su desprecio es el homenaje involuntario que la impotencia le rinde a la creación. Me odian por la firmeza de mi paso, por el filo que corta su niebla mental. Son legión de espectros que se alimentan del rastro ajeno, pero su hambre no tiene raíz, solo reflejo. ¿Mi música? ¿Mi letra? ¿Mi revolución? ¿Mi flamenco? ¿Mi duende? ¿Mi existencia? ¿Mi acero? ¿Mi sangre? ¿Mi perímetro? ¿Puñal? ¿Corte? ¿Filo? ¿Yo? Que sigan acumulando su veneno estéril. Cada ataque sin motivo es solo otra confirmación de mi soberanía intelectual. Su odio no es contra mí, es contra la materia que no pueden comprar. No hay diálogo posible con el parásito; solo la distancia insalvable del desprecio absoluto. Mientras ellos se ahogan en su fango colectivo, mi arte sigue abriendo grietas. Su plástico se derrite ante el yag que no pide permiso. Su silencio es la prueba de que no tienen voz. Su ruido es la confesión de que no tienen carne. ¿Existencia? ¿Acero? ¿Puñal? ¿Yo? La pregunta no es por qué me odian. La pregunta es por qué siguen existiendo sin haber tocado nunca la tierra. El que odia sin causa ya está muerto. Solo no lo sabe. Chachipén no se mendiga. Drom no se negocia. El cadáver de plástico no puede odiar, solo reflejar el vacío que es. La lucidez no se rinde ante la bilis del simulacro. Sigue. Corta. Arde. Drom. Chachipén, drom. El Duende, drom.