El Norte no existe. Es un trono que alguien dibujó sobre el papel. El Sur no está abajo. Es un sótano que inventaron para encerrar la verdad. Colocaron arriba lo que convenía. Abajo, lo que podía ser saqueado. El mapa no es la Tierra. El mapa es el testamento de un bandido. El cartógrafo es un estratega. El meridiano, su látigo. El ecuador, su cinturón. La brújula no miente, pero la mano que la sostiene apunta siempre al bolsillo. La Tierra es una esfera sin arriba ni abajo. Pero el Imperio necesitaba un pedestal. Y lo construyó con tinta y con sangre. El Norte es el altar. El Sur, la ofrenda. No niego la ciencia. Niego la pirámide. El mapa no es una ley física. Es un decreto. Y yo no obedezco decretos. Chachipén no tiene coordenadas. Sustratu está en todas partes. La verdadera geografía es el cuidado. Y el cuidado no se mide en latitudes. Invierto el mapa. Ahora el Sur es el cenit. Ahora el Norte es el abismo. ¿Quién es el superior ahora? La pelota azul no tiene dueño. Solo tiene hijos, no accionistas. Su narrativa es un crimen. El Duende, drom.