Song Cover Image

Sorey (II, IV)

Capitulo II El torneo (...)- Dicen que Ser Kael aún guarda rencor por el desaire del matrimonio de su medio hermana, -comentó el consejero Tuglio, como quien suelta una verdad demasiado gastada por rumores. Vestía una túnica de un azul mortecino, tan remendada al detalle, que la modestia parecía en él menos una virtud que una declaración calculada. - Aunque si alguien me preguntase, la muchacha debió agradecer a los dioses su suerte. No la veo entre bordados ni pañales, ni arrullando crios junto al fuego. Nadim esbozó una sonrisa ladeada que apenas llego a sus ojos. - Sorey está mejor con un arco que con un anillo. Hay mujeres que nacieron para la aguja y otras para algo más afilado. El condestable Napier giro ligeramente la cabeza hacia su hija, sin apartar la vista del campo de liza. -Sobra decir que no todos piensan como tú.-dijo al cabo en voz baja-Algunos, y puede que Kael, siguen viendo el desacuerdo de Alton como un agravio. -Un agravio que solo ve quién no es rechazado -replicó Nadim en el mismo tono.-Y una ruptura que para ella fue, poco menos que una bendición. Aclarame algo Tuglio ¿Qué honor puede haber en obligar a una mujer a cumplir un papel que detesta? Tuglio se acarició la barba canosa, reflexivo. -Tiempos extraños estos, donde hay damas que prefieren el arco a la rueca. Pero no seré yo quien la culpe. Si todos los matrimonios fueran como el de mi madre y mi padre, incluso yo habría elegido el acero. El comentario arrancó una carcajada franca de Nadim y una sombra de sonrisa en el Condestable, que la sofoco casí al instante. -Tuglio, a menudo tus opiniones tienen más filo que tus recuerdos. El consejero asintio, como si se tratara de un viejo juego. - Y sin embargo, mi señor, una lengua vieja puede acertar donde una espada joven solo tantea. Abajo, los dos caballeros tomaban sus posiciones con la solemnidad de educados predadores y el murmullo de los presentes se empezaba a silenciar poco a poco. (...) Mas sobre este capitulo en tema musical "El torneo" 🎶 Capitulo IV Drayford La bruma del mar de Nix se enredaba en los aparejos de la nave como serpientes muy pálidas. El Vélmora apenas era una sombra bajo ellas El puerto de Arbell surgía entre aquella niebla velado y al mismo tiempo dificil de ignorar, bajo una luna que se filtraba a jirones entre nubes dispersas.                              Sorey pese al cansancio se mantuvo en la cubierta de proa , con los ojos fijos en las timidas luces. Cloudy no la habría hecho cruzar el Mar de Nix por una simple intriga de salón. Algo se estaba moviendo en Drayford, y podía sentir su sombra antes de poder verle el rostro. Oyó acercarse unos pasos tranquilos sobre la cubierta y supo quién era antes de que el capitán se detuviese a su lado. Su cabello comenzaba a rendirse al gris, pero sus hombros seguían firmes y su mirada tranquila. Tenía una serenidad dificil de fingir, la de alguien que ha sobrevivido a mares más crueles que aquella bruma. - La noche nunca ha sido amiga de los capitanes que buscan puerto. Dejo una mano en la regala y alzo la vista hacia las luces que asomaban temblando a lo lejos. - Con un poco de suerte, nadie se nos habrá adelantado y estaremos en tierra antes de una hora. Sorey asintió, desviando la vista de aquel resplandor distante. - Gracias por el viaje. El capitán sonrió apenas. - En todo el trayecto no la vi vomitar, ni quejarse, ni hacer preguntas inútiles. Ahora resulta que además da las gracias. Sorey le sostuvo la mirada un instante. - Ha sido un trayecto tranquilo. - Lo ha sido. No siempre puede decirse eso de esta costa. El hombre hizo una leve inclinación de cabeza antes de regresar al alcázar, dejando a Sorey de nuevo a solas con la ciudad que emergía de la bruma. Aquel era un tipo educado. El último que había confundido su viaje en solitario con una invitación había aprendido, con una daga en el cuello, que los modales también podían enseñarse. Las dos colosales estatuas siempre aparecían primero. Dos sirenas, cuya altura superaba con creces la del palo mayor, flanqueaban su acceso como callados centinelas de piedra. La de la derecha,sobre una base de antorchas humeantes y escamas petrificadas miraba al interior de la ciudad. La luz arrancaba destellos nacarados del mármol, como si la estatua respirara. La otra miraba el mar y a cualquiera que se acercase. Casi risueña alzaba su cabeza hacia las aguas de poniente.   Un círculo de aceite ardía bajo su cola plegada, y las llamas danzaban inquietas, proyectando sombras que convertían su rostro sereno en un rictus de malicia. Nunca le habia gustado aquella estatua. Su sonrisa parecía recordar que nadie escapaba para siempre. Los martillos de los astilleros seguían sonando pese a la hora. Aquella ciudad nunca dormía, quizá por eso tambien se le hacia dificil olvidar. Los grandes mercantes aguardaban alineados junto a los muelles exteriores, con los cascos oscurecidos por largos viajes. Algunos aún conservaban las marcas del Mar de los Lamentos: costras de sal, algas parduzcas y pequeños moluscos aferrados a la madera como si se negaran a soltar su presa En torno a ellos un incesante ir y venir de gabarras y barcazas recogía fardos, barriles y cajas para internarlos por el laberinto de canales. Sorey recorrió el muelle con la vista. Un estibador dejó caer una caja de higos. La madera reventó contra los adoquines y la fruta echó a rodar entre los pies. Dos chiquillos se abalanzaron sobre ella antes de que el hombre pudiera soltar el primer juramento. Una prostituta apoyada en un poste soltó una carcajada mientras los veía desaparecer por un callejón Todo parecía casi igual. Y eso inquietaba a Sorey más que cualquier cambio. El gran canal apuntaba al ínterior de Drayford como un virote ya encajado en la nuez de una ballesta. A ambos lados de la embocadura se extendían los atraques donde los mercantes descargaban sus bodegas. Más allá de los muelles, el Vélmora se abría hacia el corazón del imperio, negro y sembrado de reflejos. Sorey siguió su curso con la mirada. Sabia que mucho mas allá de donde alcanzaban sus ojos, el Mandrel se separaba de sus aguas para correr hacia Montruvay. Resultaba extraño pensar que aquella misma corriente había bañado, no hacía tantos días, la ciudad donde había nacido. Junto al muelle, un viejo pescadero recogía su puesto bajo la luz mortecina de un farol. Las ostras, los cangrejos y los bogavantes se amontonaban sobre un tablón cubierto de escamas y sal, habiendo esperano en vano que alguien se los llevara antes del ocaso. Sorey se apoyó en la barandilla y dejó que el aire salobre del puerto llenara sus pulmones: la brea de los cascos, la fruta de los cargamentos tardíos y el olor persistente del pescado. En Drayford cada amanecer parecía ofrecerte el mundo, pero al caer la noche, la ciudad decidía si eras digno de esa suerte, o si acabarías hundido y olvidado en sus aguas más negras. (...) Más en 🎶 Drayford (IV) 🎶 Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved.