Piano, ¿qué sabes de mí que yo todavía no sé? ¿Por qué cuando rozas una tecla algo en mi pecho se pone de pie? Tú no preguntas de dónde vengo, ni cuánto me pudo doler. Abres despacio una puerta que nadie consigue cerrar después. Y cuando bajas la voz, yo bajo la guardia. Cuando rompes un acorde, algo en mí se desarma. No sé si eres tú o lo que despiertas en mí, pero hay una manera de tocarme que solo tú aprendiste a decir. Piano, háblame, con esas notas que no saben mentir. Dime lo que calla la sangre, dime lo que no me atreví a sentir. Piano, llévame, por donde la razón no puede entrar. Hazme bailar sobre tus teclas, hazme caer para volverme a levantar. Y si un día me preguntas qué quedó de mí, te diré: me convertí en música cuando aprendí a escucharte a ti. Tienes manos de madera, pero sabes tocar la piel. Tienes dientes blancos de marfil y una boca que nunca aprendí a ver. A veces eres caricia, a veces incendio en la habitación. A veces una sola nota me cambia la respiración. Toca grave... que quiero recordar la tierra. Sube... que quiero alcanzar el cielo. Rompe ese acorde... déjalo suspendido, déjame vivir un segundo dentro de lo desconocido. Ahora contéstame. Piano, háblame, ya no quiero solamente escucharte. Quiero entrar en tus acordes, quiero aprender otra forma de mirarme. Piano, llévame, hasta donde se pierden las palabras. Que siete voces abran sus alas sobre una música que nunca termina de explicarse. Ah... Oh... Ah... Oh... Y si tú me das una nota, yo te devuelvo una vida. Si tú me das una herida, yo te devuelvo melodía. Porque ya no sé dónde terminas tú ni dónde comienzo yo. Una tecla. Otra. El cello responde. Las cuerdas se levantan. El piano abre el acorde. Y entonces entra toda la orquesta. Ahhhhh... Ohhhhh... Ya entendí... No eras tú quien me hacía sentir. Era lo que éramos cuando sonabas dentro de mí. Todos respirando como una sola música. Nos convertimos en eso.