
Crece el espino entre las acacias del parque, y en la esquina indiferente de la fuente dormida, como un sueño leñoso para el corazón futuro. Echó raíces nuevas, de dolores antiguos como el mundo, para alzar nidos entre los nudos de su tronco sin esbozar una sonrisa alada. Le nacieron columpios de neumáticos, las tallas del amor, con iniciales anónimas y mudas, y un letrero en las tardes cuadradas de los años bisiestos con su nombre disecado por un conjuro antiguo, de espejismos reflejados.

