
Esa preciosa rubia de Antequera, con ese moño bajo recogido, un gin tónic, risueña, me ha servido a mí que soy un viejo calavera. El piercing de tu ombligo, camarera, ese punto plateado y divertido, que mi mirada tiene consentido, me gusta demasiado y me acelera. Tus gemelas a un tiempo las contemplo incólumes, blanquísimas, con brillo, un mármol de Carrara, por ejemplo. Cual la cigarra, canto igual que un grillo, mientras se agrieta la mitad del templo en ese impresionante canalillo.
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