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Vivir para la muerte

De la tierra se levanta hasta su vientre, lo araña paranoica la sangre que fue abatida en la memoria. De la tierra, el llanto de una madre, el rostro ignoto de una tumba, son mecha de venganza. Y es de rencor su paso por el tiempo: encendiendo pedregosas balaceras por la tierra que sembró de paz el antiguo acuerdo de la tolerancia... ¡Ay, qué metal en fundición marcó en su frente tanta ruina, qué oratoria enfebrecida apostilló en su pecho misión tan triste y vana! ¡Que entierre ya los fangos milicianos que nadie quiere ya aquellas trincheras! De qué sirvió escarbar en las cenizas si aquella sangre y aquellos llantos dieron norte, luz, sentido al páramo en el que hoy sueñan los huertos. De qué sirvió vivir para la muerte, de qué sufrir y hacer sufrir… Por qué morir sin degustar la vida. Y es desierto su ideal de odio al dólar, pues su lengua de escorpiones contradice ante la gente el acomodo que esconde en sus bolsillos. Su pólvora de autocompasión se fue mojada por la historia: si alimentó su sangre los olivares, la de otros regó dehesas y trigales. Al borde ya del último horizonte, desmantelada ya su hipocresía, borracho de odios y rencores, suma los pasos y resta el camino… ¡Ay, qué metal en fundición marcó en su frente tanta ruina, qué oratoria enfebrecida apostilló en su pecho misión tan triste y vana! ¡Que entierre ya los fangos milicianos que nadie quiere ya aquellas trincheras! De qué sirvió escarbar en las cenizas si aquella sangre y aquellos llantos dieron norte, luz, sentido al páramo en el que hoy sueñan los huertos. De qué sirvió vivir para la muerte, de qué sufrir y hacer sufrir… Por qué morir sin degustar la vida. ¡Que entierre ya los fangos milicianos que nadie quiere ya aquellas trincheras!