Capitulo VIII    Aurelya El eco de sus pasos resonó en la sala de armas.   Secos. Regulares. Como monedas contadas sobre un ataúd. Aurelya de Farmely de Sorelya, Señora de Tiberya y Emperatriz consorte de Ludya, apareció bajo el dintel sin heraldos ni guardias.    Las antorchas crepitaban en sus anillos de hierro. La luz vacilante recorría los estandartes, las armaduras vacías y las corazas de acero bruñido que custodiaban los muros. En los pebeteros ardía resina de pino, y el humo se mezclaba con el olor de la cera, del polvo y de la piedra húmeda. Dos hombres aguardaban junto a la gran mesa de roble. Sobre ella descansaba un mapa en relieve del Imperio. Montañas de cera. Ríos de tinta azul. Caminos trazados con hilos dorados. Pequeños dragones de bronce y leones de plata marcaban fortalezas, guarniciones y pasos fronterizos. Aurelya se detuvo frente a la mesa Sin mirar a los dos hombres, retiró dos piezas de la frontera del Alcaudón y las sustituyó por otras que tomó de una pequeña caja de madera. Después alzó los ojos. El prefecto de la Guardia mantenía la cabeza inclinada. A su lado, el capitán de la Marca Occidental permanecía rígido, con las manos a la espalda. Ninguno habló. Aurelya tampoco se dió prisa en hacerlo. - Decidme - se le oyó al fin-. ¿Por qué esta muerto Leone di Varano ? El prefecto levantó los ojos. - Majestad... El hombre tragó saliva. - Se resistió. Estaba armado y dispuesto a morir con sus hombres. Hubo una breve escaramuza Aurelya siguió mirándolo. El prefecto bajo la vista - Tres de los nuestros cayeron y otro está malherido. Aurelya no dijo nada. Durante unos instantes, solo se oyó el crepitar de las antorchas Luego contempló un momento las pequeñas piezas de plata que representaban las fortalezas del norte. - ¿Cuántos han escapado? Dijo esta vez sin mirarle. - Uno. - ¿Seguro? - Eso creemos. Aurelya alzó la vista. - No os he preguntado qué creéis. El prefecto tardo un instante en responder. - Un sargento llamado Enzi Falliery, Majestad. Sabemos que participo en la incursión de los valles, y que logro huir a caballo de Serafix. Pero esta herido. - Registrasteis sus casas. - Como fue ordenado. - ¿Algo de lo que hablamos? - Solo documentos de servicio y ordenes rutinarias de puesto. Nada que pareciese extraño o comprometedor. El rostro de Aurelya permaneció inmóvil, pálido y distante, como una máscara de porcelana. No era la muerte de Leone lo que le preocupaba. Era lo que podía haber dejado atrás. Un secreto, por desgracia, nunca era tan fácil de matar. - ¿Y su esposa? - Lucía Valsamo está detenida y siendo interrogada, Majestad - dijo el prefecto. Lucía podía no saber nada, pensó. O podía saberlo todo. A veces una esposa conocía verdades que un marido creía haber mantenido ocultas. - Otro hombre... —dijo el prefecto. Clavo en él la mirada y esperó. - Un mando que participo en la incursión de los Valles. El capitan Marco Ventury, aún no ha sido localizado. Hizo una breve pausa. - No acompaño a Varano en su visita a Atrio, Majestad.No dimos con el ni en su domicilio ni, hasta ahora, en ninguna parte. Aunque se le busca por todos los medios. Aurelya esta vez fruncio el ceño. Por un instante recordó a su padre, el viejo León de Sorelya, mientras deshacia un tapiz hilo a hilo ante sus ojos de niña. “Un hilo suelto puede remendarse. Dos se empiezan a notar. Y tres pueden bastar para deshacer una obra entera.“ Su padre la habia mirado entonces sin decir palabra. Ella tampoco sonrío en aquella ocasión. - Quiero que cerreis todas las fronteras. El prefecto parpadeó. - Majestad... - Todas. Se acercó al mapa y apunto con un dedo la frontera occidental. - Desde hoy nadie sale de Tiberya sin ser registrado. Quiero cada puerto vigilado. Y cada barco, carreta y persona que pretenda salir mirada al detalle. El capitán asintió lentamente. - Sí, Majestad. - Quiero más hombres en cada paso y cada puente, sobre todo del norte y el oeste. - Así se hará. Aurelya dejó la mano sobre el mapa. Falliery había escapado. Ventury había desaparecido. Dos hilos. Y no pensaba permitir que ninguno llegara más lejos. - Ese oficial, Ventury - dijo, mirando al capitán de la Marca. - Sí, Majestad. Sabía que lo que iba a pedir no sería sencillo, pero necesitaba cubrir aquel flanco. - Averiguad cuándo y dónde fue visto por última vez. Y desde ese día revisad los registros de todos los que hayan abandonado Tiberya y pudieran corresponder con su descripción. En especial los que tomaron los caminos del norte o del oeste. El capitán asintió. - Entendido, Majestad. Volvió la vista hacia el mapa. Ventury podía haber huido después de la reyerta. O podía llevar ya varios días fuera. Si Varano había previsto lo que iba a ocurrir, no habría esperado a que llegasen a buscarlo. - Y quiero saber si alguien salió con él- añadió - Si fue un criado o cualquiera que pudiese haberle acompañado. - Sí, Majestad. El capitán se aclaró la garganta. Aurelya volvió los ojos hacia él. - Hablad. - Majestad... si hemos de hacer esto con eficacia, sería de ayuda saber qué estamos buscando. Ella lo miró un instante. No había desafío en su voz. Solo prudencia. Aurelya valoraba la prudencia. Los hombres prudentes podían ser comprados. Los necios, en cambio, a menudo exigían sangre. - Buscad documentos escritos con grafías extrañas. Trazos angulosos. Particularmente cartas personales o correspondencia que no parezca propia de Ludya. - ¿Y qué hacemos con quien los porte? - Lo detenéis. El capitán dudó. - ¿Aunque sea noble? - Aunque sea príncipe heredero. El hombre bajó la cabeza. - Apresuraos y cumplidlo. Hizo un leve gesto con la mano en ademán de despido. Los oficiales se inclinaron y abandonaron la sala. Esperó hasta escuchar cómo sus pasos se perdían al otro lado de la puerta. Entonces apoyo ambas manos sobre la mesa. Durante unos instantes contempló las figuras, sus trazos y relieves. El Velmora. El Espinazo del Oso. Cabeza de Ríos. Los Valles donde se había iniciado aquel percance. Todo parecía allí tan minúsculo, convertía ciertos problemas en algo que podía señalarse con un dedo. Pero algunos nunca habían tenido cabida en un mapa. Giró sobre sus talones y abandonó la sala. Los corredores de palacio estaban fríos aquella mañana. Al pasar frente a la torre del observatorio oyó la voz de Severiano. Hablaba con Naguif sobre las órbitas de los astros. Aurelya se detuvo un instante. Su esposo conocía el movimiento de las estrellas mejor que el de sus propios consejeros. Quizá por eso el Imperio seguía necesitando una emperatriz. Aurelya continuó caminando. Descendió por una escalera de caracol. El aire cambió a medida que bajaba. El olor de la piedra húmeda dejó paso al azufre, al alcohol y a sustancias que solo los alquimistas se molestaban en nombrar. Las cámaras de los maestres ocupaban parte del primer piso y se extendían hasta los sótanos. Allí, entre hornillos, retortas y frascos de vidrio, se guardaba uno de los mayores secretos de la Corona: la Llama Serena (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved