El brazo se levanta sin vértigo. La cadera se mueve por métrica, no por deseo. Repiten el gesto que el algoritmo aprueba. El cuerpo olvidó que tiene tripas. Coreografía de la repetición estéril. El hombro se sacude por orden externa. No hay sudor de faena, no hay temblor de parto. Es la marcha del que perdió su propio eje. La pantalla les devuelve el mismo paso. Mano aquí, mano allá, sonrisa fotocopiada. Bailan como máquinas que imitan máquinas. La libido es un dato de mercado. El placer, un problema técnico. No es movimiento, es reflejo. No es danza, es ensayo de mercancía. El algoritmo ordeña el gesto repetido. La columna vertebral se endereza para la foto, se encorva en el silencio de no estar siendo visto. El pie no busca la tierra. La mano no toca la herida. El bailoteo es el uniforme invisible de los que ya no saben moverse sin permiso. Repiten, repiten, repiten. La novedad es una ilusión de píxel. El cuerpo se anestesia de tanto mostrarse. La risa es ensayada, la cara es un producto. Chachipén no se baila. El drom no tiene coreografía. La raíz no se sincroniza con el feed. La raíz crece cuando nadie aplaude. Bailan. No sienten. Repiten. No viven. Es la coreografía de la nada. El clic es su único aplauso. Chachipén, drom. El Duende, drom.