Prometiste que siempre, sonreida y lejana, con la mirada al cielo, nos íbamos a amar; y un atisbo de angustia, de viento y de campana, de pronto me azotó con la fuerza del mar. El viento renovó el curso de su marcha soplando, extrañamente, de la costa hacia el mar; se cubrieron mis ojos con una leve escarcha. Volvían pescadores cansados de remar. El mar ya no fue azul en ese triste ocaso, como mis ojos, tuvo rojo crepuscular; mirabas el poniente: las nubes al acaso se descolgaban ciegas, y dejaste de hablar. Los augurios llegaron en una ola altiva, que se fugaron mansas con el anochecer. Tú ibas detrás del viento remando rediviva, y, aún con la promesa, no quisiste volver. Y así te dije adiós aquel día en la arena mientras tú prometías un ‘para siempre, amor’ ya ves, yo me quedé en la playa, con pena, tú te fuiste a bogar en un mudo dolor.