
La viuda
Por la calle de los charcos vuelve yerma la tristeza, vuelve su derrota oscura, vuelve cada mañana al silencio de su casa. Hace tiempo que convive con el luto inesperado. Desde el techo le cayó la sombra descolgada vertebral y suspendida cruel error de la madera, áspera la puñalada que pende de una soga. Desde un nudo de locura de inequívoca derrota, desde un túnel ciego que finge descanso eterno acaso vida al otro lado. Todavía niega ante el espejo el carmín a sus palabras y apaga su piel con lóbregos tejidos. Un hilo de aliento su mirada, sus ojos enrojecidos, secos ya de tanta lluvia escarbando en el recuerdo aquellos abismos ignotos buscando un por qué infinito para el que su vida nunca, nunca encontrará respuestas. Fue un portazo negro, una losa de plomo que le aplastó el pecho, una mordaza cruel que selló sus labios, amargo el pañuelo, lumbre para las tinieblas de su caminar diario. Vela la rutina de sus pasos aquel eco que le amartilla desde el yunque del recuerdo, como la gota de agua que en la cueva horada insistentemente lenta el cristal de su existencia. Desde un nudo de locura de inequívoca derrota, desde un túnel ciego que fingía descanso eterno acaso vida al otro lado. Todavía niega ante el espejo el carmín a sus palabras y apaga su piel con lóbregos tejidos. Un hilo de aliento su mirada, sus ojos enrojecidos, secos ya de tanta lluvia escarban en el recuerdo aquellos abismos ignotos buscando un por qué infinito para el que su vida nunca, nunca encontrará respuestas. Nunca, nunca, encontrará respuestas.

