
Era un día de lluvia, de esos que no dicen nada, el espejo me miraba con la cara alborotada. Puse un dedo en el cristal y el mundo se me deshizo, me tragó un agujero negro, ¡vaya hechizo! Caí sobre nubes grises, con olor a humo y olvido, un lugar donde lo extraño es lo más parecido. Árboles de vidrio roto que reflejan mil mentiras, ríos negros que humean mientras tú te los miras. Y allí estaba el Sombrerero, con sus frascos de colores, diciendo: "¿Quieres olvidar o sentir los dolores?" La Reina de Niebla flota, con su risa de veneno: "¡Bebe un poco, mi pequeña, que aquí todo está bueno!" Porque cada risa tiene filo, cada brillo tiene herrumbre, el deseo es una trampa que se vuelve costumbre. ¡Ay, ay, ay! En el Reino del Olvido, entre el humo y el pecado, ¡yo me siento perdido! El cielo giraba al revés, como un disco mal rayado, el Gato de Niebla dice: "¡Vaya aburrimiento has dejado!" Y en el claro de los sueños, donde el pulso se acelera, vi setas de color naranja, ¡una visión verdadera! "Toca una de ellas, Alice", me decía aquel conejo, "¡mira quién eres de cerca, si te deja el espejo!" Vi al Barman sin rostro, sirviendo copas de memoria, al Payaso de azúcar, vendiendo trozos de gloria. El humo prometía calma pero me robaba el aire, y entendí que para salir... ¡no hay que bailar con nadie! Porque cada risa tiene filo, cada brillo tiene herrumbre, el deseo es una trampa que se vuelve costumbre. ¡Ay, ay, ay! En el Reino del Olvido, ¡resisto a la locura y a lo que me han vendido! Desperté frente al espejo, con el hongo en la mano, el mundo es más nítido ahora, ya no busco en vano. Gume y herrumbre... gume y herrumbre... Toca la seta, Alice... Ahora me río de las sombras, ¡y que les den por donde sufren!

