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Vive

En el cruce de la vida estás atado donde nacen senderos divididos, donde nunca dudaron los valientes que al pasar te empujaron hacia un lado. Divagaste entre las nubes del pasado errante, por caminos confundidos, que dejaron cruel rastro en tus sentidos y tu aliento indeciso y apocado. En el pecho, el reloj con sus latidos te invitó al coqueteo con la senda que ocultaba al horizonte tu destino. En la mente, los años aprendidos, te instaron a elegir en la contienda pero ya sin lugar a desatinos. Suelta el velado lastre de tus penas, ya se alivió el dolor de tus heridas, ya se fue tu tristeza complacida de lágrimas y celo, marchó llena. Persigue el fluir constante de la arena que el tiempo no detiene su medida. Salta a la vasta fosa de la vida; desata de tu cuerpo las cadenas. Entrega tu sustancia a la caída y goza en el danzar de los momentos sin dudar si abrirá el paracaídas, si queda algún Edén en el desierto... No derroches el tiempo de tu vida, no hay más allá detrás del último puerto. Pensaste que era mejor la huida si la derrota estrangulaba tu historia, si los rumores de aquella victoria solo eran memoria descolorida. -¡Qué le voy hacer —dijiste— si así es la vida, siempre dando vueltas como la noria: primero arriba feliz, en la gloria, debajo después con la cara caída! Es el final “la muerte” y el principio “la vida”. Es todo vivir y andar sin maletas de inútil postín: son una carga perdida. La vereda va del amor prendida, a su sombra, a la luz que los poetas velan por la paz del mundo encendida. Suelta el velado lastre de tus penas, ya se alivió el dolor de tus heridas, ya se fue tu tristeza complacida de lágrimas y celo, marchó llena. Persigue el fluir constante de la arena que el tiempo no detiene su medida. Salta a la vasta fosa de la vida; desata de tu cuerpo las cadenas. Entrega tu sustancia a la caída y goza en el danzar de los momentos sin dudar si abrirá el paracaídas, si queda algún Edén en el desierto... No prodigues el tiempo de tu vida, no hay más allá detrás del último puerto. Persigue el fluir constante de la arena que el tiempo no detiene su medida, destruye las invisibles rejas de tu vida, desata de tu cuerpo las cadenas. Es el final “la muerte” y el principio “la vida”. Es todo vivir y andar sin maletas de inútil postín: son una carga perdida. La vereda va del amor prendida.