¡Olé! La pantalla parpadea con números que no existen: deudas creadas por fantasmas en servidores de cristal. Prometieron un cielo abstracto mientras despojaban la tierra, vistieron de sagrado la herramienta del despojo. El altar y el mercado son la misma grieta: fábulas para someter el músculo, anestesia en la boca del que produce la vida. No hay dogma que sostenga el pulso de la especie. Se acabó la tregua con el delirio que gobierna. La piel no pide permiso al algoritmo. La sangre no rinde culto a la abstracción. Abajo el manto que oculta la carroña, abajo la ficción que dicta la norma. El Estado no es la fe de los cobardes: es la fuerza biológica sin cadenas. Aquí no hay espacio para la culpa: aquí manda la materia y el choque de la voz. Encierren los mitos en las salas del teatro, bajen los altares al nivel del espectro. Que no venga la mística a decidir el pan, que no vengan los sacerdotes de la deuda a medir el aliento. La anatomía expulsó el pudor inventado, la calle reconoce la raíz del contacto. Ni lobos solitarios ni números en la escala del lucro. Somos la misma carne rompiendo el cristal. El interés compuesto es el veneno de la mente, la moral del opresor es la trampa del miedo. Desnudo el cuerpo, desnudada la verdad: la única ley es la continuidad de la especie. Arde la mentira de la neutralidad. Sin anestesia. Sin metafísica. Sin permiso. ¡Olé! Chachipén, drom. El Duende, drom.