
La nobleza de la jíbara no está en títulos, sino en la franqueza de su corazón sincero. Para una jíbara de verdad, en el campo hay vida; el trabajo honrado es su única salida. Aunque poco tenga, siempre hay café; en su humilde morada, un hogar para ofrecer. La palabra de una jíbara es un contrato sellado, con un apretón de manos, todo queda claro. Una jíbara se cae con el huracán, pero se levanta más fuerte al amanecer. Ante la adversidad, aprieta los puños, mira al cielo y sigue, con orgullo en su rumbo. La hospitalidad de la jíbara te hace sentir en casa; aunque seas un extraño, su calidez abraza. Lo poco que cosecha, lo comparte sin más, con un corazón generoso que siempre da paz. La sabiduría de la jíbara brota de la tierra, no de libros viejos, sino de la sierra. Con ingenio, encuentra solución a todo; su mente es fértil, su espíritu es hondo. Aunque vista sencilla, camina con orgullo; en cada paso firme, su esencia es un murmullo. El amor por su tierra, profundo como raíces, en su voz y mirada, la historia se desliza. No hay quien le cambie el parecer; cuando una idea le entra, firme va a creer. La jíbara es mujer de pocas palabras, pero sus acciones son las que nunca se acaban. Con paso lento pero seguro avanza; en los trillos de la vida, su alma no cansa. El corazón de la jíbara late fuerte y claro; con orgullo y amor, siempre estará a tu lado.

