
(Intro – suave, casi susurrado)
(Intro – suave, casi susurrado) Maleta vieja, sueños sin doblar, un mapa abierto como herida al azar. La noche tiembla en la estación, late el andén como un corazón. Un silbido rompe el ayer, Europa espera… y yo sin saber si huyo de algo o voy hacia mí, si el tren me lleva o yo lo elegí. (Balada – melancólica y profunda) Campos dorados bajo el sol francés, ventanas que guardan lo que no conté. Catedrales llorando en gris, historias talladas dentro de mí. Praga me habló con voz de cristal, Roma ardía en su ritual, Viena danzaba en un compás que me enseñó a mirar atrás. Y en cada frontera dejé una versión distinta de mi piel, como si el mundo al recorrer me desarmara para renacer. (Cambio dramático – más intenso) ¡Oh, rieles de hierro y destino! Decidme si existe un camino que no sea huida disfrazada de fe, que no sea distancia para comprender. Porque crucé montañas nevadas, túneles negros, noches calladas, y en el reflejo del vidrio vi al extranjero que vive en mí. (Parte operática – teatral, preguntas internas) ¿Quién soy? ¿El que parte o el que vuelve? ¿El que olvida o el que resuelve? ¿Soy pasajero del azar? ¿O el maquinista de mi andar? Sombras cantan en Berlín, “Todo final es un jardín.” Y el Danubio azul respondió: “Solo se pierde lo que no se amó.” (Clímax – poderoso y liberador) Entonces grité entre ruedas y vapor: “¡No hay viaje sin dolor! ¡No hay frontera en el alma valiente! ¡No hay horizonte ausente!” Que el tren corra, que el mundo arda, que el pasado ya no me aguarda. Soy cada ciudad que atravesé, soy cada idioma que no entendí… y abracé. (Outro – íntimo, sereno) Amanece en algún lugar, ya no pregunto dónde voy a parar. Porque entendí, bajo el cielo europeo, que el viaje era yo… y yo era el viaje entero. El tren se detiene. Respiro. Y vuelvo a empezar.
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