
Ya basta de cantar a un dios ausente que no escucha los rezos del poeta, ya basta de escribir la flor escueta que llora los rocíos del oriente. Mejor cantar el cráter continente que deja el arrebato anacoreta, ser la voz de tu ser y ser la grieta por donde mane sangre impunemente. No ser sino tú mismo a verso entero, no ser sino la clave de ti mismo y en ti mismo nombrar el mundo todo; o, quizás, asumirse sombrerero de la noche y al borde del abismo callar sobre el silencio: de este modo.

