Justo en el amanecer del hastío, antes de que estallara la rutina, de que se fundieran las rejas de la prisión de la costumbre. Justo en la línea roja del temor, aquella que ante el altar juraste inexpugnable, para siempre, hasta que la muerte os separase. Antes de la huida hacia el mañana, hacia cada momento en soledad al que a tus tiempos venideros condenas, curtida en la derrota. Porque hoy tu lecho solo es un desierto de seda, de deseo y aunque veas que es tu piel un oasis fresco ante el espejo, un incendio entre las sábanas. Debiste reparar en esa fuente que irreal te ofrecía al alcance los reflejos de su caño seco, ciegos y alocados tus afanes. Debiste aceptar que tu llama, se apaga en estas horas solitarias que habitan el silencio en tu piso, tu nuevo castillo inesperado, distraídas tus manos en poemas: poemas para soplar la sal, para barrer del tiempo los errores. Justo al renegar de las miradas: aquellas nucas que permitieron subir aquel peldaño definitivo desde el reproche hasta el silencio. Antes de desertar, de dejarlo todo, dejar lo que fue sueño y futuro un día, hogar sobre el que construir familia horizonte de amor de tu propia vida. Antes de la herida que te abrió al pasado, a tus ojos entristecidos, a su lluvia al alejarse tu espalda… a la tuya, al alejarse la suya. Porque hoy tu lecho solo es un desierto de seda, de deseo y aunque veas que es tu piel un oasis fresco ante el espejo, un incendio entre las sábanas, Debiste reparar en esa fuente que irreal te ofrecía al alcance los reflejos de su caño seco, ciegos y alocados tus afanes. Debiste aceptar que tu llama, se apaga en estas horas solitarias que habitan el silencio en tu piso, tu nuevo castillo inesperado, distraídas tus manos en poemas: poemas para soplar la sal, para barrer del tiempo los errores, para barrer del tiempo los errores.