Ha pisado alguien el charco, con fuerza, ha querido romper el limpio reflejo del cielo. Dice que lo ha visto seco sin entender de respeto, y se ha manchado el imbécil con el barro del fondo, transformando en oleaje el cristal del calmado espejo. Y se ha ensañado con él, ha metido los pies envidioso, sin miedo a mojarse, ha saltado dentro cuando ha visto azul en él reflejado el cielo. Ignora que un charco es como el amor verdadero, en el que solo dos pueden ver sus reflejos, aunque los pisen, aunque salten sobre ellos, aunque les arrojen reproches, dudas, defectos, aunque su lámina enturbie el lodo de los celos. Pero siempre fluirán, siempre, como las ondas, aunque algún desalmado quiera pisarlo, romperlo, siempre fluirán, del pasado al presente con viejos recuerdos, para formar sobre el agua otra vez aquel cielo. Y se ha ensañado con él, ha metido los pies envidioso, sin miedo a mojarse, ha saltado dentro cuando ha visto azul en él reflejado el cielo. Ignora que un charco es como el amor verdadero, en el que solo dos pueden ver sus reflejos, aunque los pisen, aunque salten sobre ellos, aunque les arrojen reproches, dudas, defectos, aunque su lámina enturbie el lodo de los celos. Dice que lo ha visto seco sin entender de respeto, y se ha manchado el imbécil. Ignora que un charco es como el amor verdadero, en el que solo dos pueden ver sus reflejos, solo dos, sí, solo dos, solo dos.