
El agua se espesa, se convierte en lodo, silencio y podredumbre. El oxígeno es una deuda que el pantano ya no paga. No soy prisionero del abismo. Rechazo el ahogo sumiso. Si mi mundo se hunde, no nado hacia atrás: aprendo a respirar veneno. Mis branquias son traidores. Mi voluntad es un órgano nuevo. Trago el aire seco, un ácido que quema mis entrañas. El esófago se rasga, se rebela, se hace cámara de combustión. Soy la primera blasfemia del viento en un planeta de murmullos húmedos. Mis aletas no son aletas: son palancas de músculo y terquedad. Húmero, radio, ulna: el andamio de mi fuga. Arrastro el vientre contra la ley del agua, contra la tiranía del suelo. No hay gracia aquí. Solo la belleza brutal del hueso que se niega a ser piedra. ¡Ay, la variedad salvaje! ¡El sotaque del más terco, del más raro, del más basto! ¡No somos un molde! ¡Somos la grieta, la falla, la mutación que caminó! Somos el error necesario. La imperfección que se hizo camino. El sol ya no me quema: ahora es mi combustible. Soy el que torció el cuello y miró al costado del destino. No salí del barro para ser rey. Salí para dejar de obedecer. Llevo el fango en la médula y el horizonte en cada exhalación. Soy el futuro que eligió el lodo sobre el féretro líquido.

