De mi vida di tanto, tanto y nada, a la mujer que mueve mi existencia, que me quedé sin besos en el alma y quedé sin caricias y sorpresas. Le propuse vivir, eternamente, mortal, una mentira dolorosa; arropados con vientos del levante en un lecho de sal y caracolas. Le entregué La canción desesperada, cien versos con esquirlas de mi amor, una explosión perlada y florecida en su vientre de espumas y canción. Un horizonte mágico y divino al que sólo se puede contemplar. Le ofrecí los instantes de las olas y un segundo de espera y nada más. De mi vida di tanto, tanto y nada, los puntos suspensivos. y el disfraz, una carta con alas, fugitiva, y una estrella sembrada bajo el mar. Y en su llanto sangró la despedida –una herida cercana al corazón– regalé, por vez última, mis lágrimas y el quebranto marchito de mi voz. Regalé, por vez última, mis versos con el canto terrible del amor.