Yo no te pedí a Dios. Solo le pedí dirección… Y en Su misericordia… Me devolvió tu voz. No fue oración desesperada, Fue obediencia silenciosa… Decidí caminar solo, Y Dios abrió la misma rosa. No volviste como antes, Volviste como promesa nueva. No por emoción, Sino por una fe que persevera. Obediencia me devolvió tu voz, Aunque dijiste “no”, escuché a Dios. No fue por méritos ni razón, Fue por rendirme sin condición. Obediencia me acercó a tu puerta, Aunque tus palabras eran desiertas. Tu tono cambió sin explicación, Porque el cielo ya dio Su aprobación. Fui yo quien se alejó primero, Pero Dios jamás soltó el sendero. Y mientras tú decías que no había chance, Yo ya hablaba con Papá en avance. Gemelos, hogar, nuevo comienzo, Todo lo había escrito en silencio. Y cuando dijiste “no estoy para eso”, Tu mirada decía: “aún hay acceso.” Dios me recordó que ser hombre Es decidir con convicción. Que el que halla esposa… Halla redención. Así que tomé mi cruz, No para buscarte… Sino para prepararme, Y entonces… Él te trajo. Obediencia me devolvió tu voz, Ya no como eco, sino como canción. Lo que parecía eterno adiós, Era sólo prólogo de la restauración. Gracias, Papá… Porque cuando te damos nuestro corazón, Tú nos devuelves lo que sí fue amor. Gracias… por ella. Gracias… por la voz que regresó.