Capitulo III El claro de Oberthal ( Segunda parte) (...) Mi padre nunca pronuncia su nombre sin respeto - dijo Elric, acercándose al fuego y tendiendo las manos hacia las llamas. - Le oí decir más de una vez que, si Atrio daba una orden, uno podía seguirla sin dudarlo. - Un respeto que el emperador parece haber olvidado - replicó Walderich. Bajó la mirada hacia el cuerno antes de volver a alzarla. - Lo tiene pudriéndose en una celda de Ludya como si fuera un vulgar traidor. ¿Y sabes cuál fue su crimen? Elric sostuvo su mirada. - He oído muchas versiones, majestad. Walderich soltó un resoplido. - Seguro que las has oído. En la corte nunca faltan lenguas dispuestas a vestir la verdad con harapos. Dio un trago despacio. - Decir la verdad al emperador fué su delito Walderich clavó los ojos en Elric. - Le dijo que Drakenheim no era su enemigo. Que dejar la política imperial en manos de Sorelya acabaría en un desastre. Que sus impuestos iban a estrangular el comercio. Hizo una pausa. - Y que, mientras la corte miraba hacia el norte, el golpe llegaría por el Alcaudón. Elric permaneció callado. - Atrio pidió que preparara al Imperio antes de que fuera demasiado tarde. Walderich soltó una risa seca. - Y Severiano lo puso en una celda. Volvió a coger el cuerno. - Hay hombres incapaces de distinguir entre una advertencia y una afrenta. Sus ojos se endurecieron. - Y este emperador es uno de ellos. Elric guardó silencio. Había oído aquella historia por otros labios, con menos rabia, pero con igual desenlace. - Atrio podría ser la clave para unirnos - dijo finalmente. Su nombre aún inspira lealtad entre todos los ejércitos y miedo entre muchos enemigos. - No mientras siga encerrado - replicó Walderich, con un deje de amargura. - Y el emperador no está dispuesto a mostrar debilidad liberándolo, y la menos interesada es esa arpía que metió en su lecho y que hoy lo maneja. No lo hará hasta que su propia corona peligre. - La cuestión no es si el emperador mostrará debilidad - replicó Elric, con cautela. - La cuestión es cómo hacer que lo haga. Cabeza de Rios no va a cruzarse de brazos ante esta amenaza. Y hay quienes ven en Atrio algo más que un gran general Los ojos de Walderich brillaron por un instante antes de apagarse de nuevo. La llama de una posibilidad había cruzado su mente, pero también conocía el precio de cada acción. - Piensa bien lo que insinuas - dijo en voz baja. - Si apoyamos a Atrio para el trono, nos arriesgamos a una guerra civil en el peor momento. No solo Tiberya se opondrá; también hay aliados de Severiano fuera y dentro de nuestras fronteras. ¿Qué lealtad prevalecerá? Eso es un riesgo que, en este momento, podría acabar condenándonos. - No sugiero ponerle la corona - respondío Elric, con firmeza. - Pero tenerlo como lider podria cambiar el juego. - Nos uniría contra nuestro peor enemigo. Al menos por ahora, eso debería ser suficiente. Walderich permaneció un largo instante en silencio, contemplando las llamas. - Mis espías han visto como avanzan. No son solo guerreros. Son un torrente imparable. Cuando encuentran resistencia, incendian cuanto se alza frente ellos. Cuando una ciudad se rinde toman lo mejor que puede darles y continúan su marcha más fuertes. Su mirada siguió fija en el fuego. Levantó la vista hacia Elric. - Cada reino que derrotan pasa a formar parte del siguiente ejército que deberán enfrentar sus enemigos. Hizo una pausa antes de continuar. - Atrio tambien lo comprendió antes que nadie. Decía que el Imperio nunca debía temer a los pueblos que aceptaban nuestro oro o nuestras tierras. A esos podíamos convertirlos en súbditos, en aliados, incluso con el tiempo, en hermanos. El verdadero peligro estaba más allá de las estepas, en quienes llegarían después. Walderich respiró hondo. -Podemos lllamarlos bárbaros porque resulta más fácil matar a un bárbaro que a alguien civilizado. Hizo una pausa. - Pero estos.. no han despreciado nunca aquello que encuentran. Lo estudian. Lo incorporan. Lo convierten en suyo. Walderich habló despacio, sin apartar los ojos de Elric. - Y pronto tendremos delante a un enemigo que ha aprendido a hacer la guerra como ningún otro que hayamos conocido. Elric alzó la vista. Sus ojos brillaron con una mezcla de interés y cautela. - Entonces sabe que no tenemos tiempo que perder. - dijo Elric esta vez con mas firmeza - Necesitamos a Atrio, y necesitamos que Drakenheim y Suassóns trabajen aún más juntos.-añadió. Walterich apoyó los antebrazos sobre las rodillas. - Dime una cosa, Elric. Esperó a que el joven le mirase a los ojos. - ¿Tu padre te había enviado para hablar en su nombre… o para hablar por el emperador? - No, majestad. Elric sostuvo su mirada. - Mi padre me envió para convencerlo de que apoye a Ludya. Walderich dejó escapar el aire lentamente y se recostó en el asiento. - El problema es que ya no sé qué cabe esperar de Ludya. Durante unos instantes guardó silencio. - Cuando naciste, el viejo estandarte llegó a significar algo. Algo por lo que uno podía sangrar y creer que esa sangre no se derramaba en vano. Desvío la mirada un instante hacia la fuente de piedra. - Ahora, en menos de treinta años, se ha convertido en poco más que un recuerdo. Elric no respondió enseguida - Un recuerdo aún puede convertirse en esperanza. Alzó los ojos hacia el rey. - Pero necesitaremos algo más que esperanza para sobrevivir a lo que viene. Walderich contempló el fuego durante unos instantes, como si estuviera sopesando algo que llevaba tiempo dando vueltas en su cabeza. - Si logramos sacar a Atrio de su celda y ponerlo al frente, tu padre sabe que me tendrá a su lado. Hizo una pausa. - Pero aquí necesitamos más hombres. Muchos más. Cuanto antes. Clavó los ojos en Elric. - Y que quede algo muy claro, muchacho. Si el emperador insiste en comportarse como un necio, no moveré un dedo por él. Ni por quienes decidan seguirlo. - Lo entiendo, majestad. Walderich volvió a mirar las llamas. - Más nos vale que él entienda que los reinos no siempre esperan a sus emperadores. El rey volvió a sentarse, pero la sombra de la preocupación no abandonó su rostro. - Tu padre te ha encomendado una tarea nada sencilla. Walderich miró más allá del fuego, hacia la oscuridad. - Cuando llegue el enemigo, cada reino recordará primero a quién odia. Hizo una pausa. - Y solo después recordará a quién debe temer. Elric contempló las llamas. - Los rencores pueden esperar cuando hay algo más grande en juego. Walderich volvió los ojos hacia él. - ¿Y qué les hará olvidarlos? Elric sostuvo su mirada. - Un hombre al que todos respeten. (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved.