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El carromato (V)

Capítulo V  El carromato    Lo primero fue el martilleo en las sienes, a un ritmo obstinado que parecía seguir el compás de sus propios latidos. Después llegó el olor. Humo de leña verde. Sudor rancio atrapado en la manta de lana que le cubría el cuerpo y parte del rostro. Sintió la humedad de su mejilla aplastada contra una estera de paja. Cada hueso le dolía, y la boca le sabía a ceniza y a hierbas amargas. Elya entreabrió los párpados. Le costo abrirlos, como si se los hubiesen sellado con arcilla seca. Vio sacos de arpillera, un par de cestos sujetos con cuerdas y un barril pequeño que cabeceaba con cada vaivén. Durante unos instantes no entendió dónde estaba. La luz del alba se filtraba por una lona y arrancaba destellos al polvo suspendido en el aire El balanceo constante bajo su cuerpo y el crujido de las ruedas terminaron por darle la respuesta. Estaba en un carromato. El aire olía a heno, cuero viejo y otras vidas. Giro apenas la cabeza. El movimiento le arrancó un leve dolor en las sienes. Más allá de los bártulos, una mujer de rostro curtido por el sol remendaba un trozo de tela con una aguja de hueso La aguja subía y bajaba con una precisión obstinada, como si en cada puntada intentara arreglar algo más que la tela Sus dedos eran recios, nudosos; dedos que habían arado la tierra, amasado pan y cerrado los ojos de más de un muerto. Al notar que habia despertado, la mujer alzó la vista. Sus ojos eran del color de la tierra húmeda, y en ellos convivian el alivio y la cautela. - Tranquilízate, niña - dijo. Su voz era áspera - Me alegra que los dioses, o lo que quede de ellos, te hayan devuelto. El susto te dejo sin fuerzas, ¿eh? No es de extrañar… después de lo que debes haber visto. Elya no encontró palabras. En su mente solo había dudas La mujer dejó su labor a un lado y rebuscó en un zurrón. - Toma. Despacio. Le ofreció un odre pequeño. El agua estaba tibia y tenía un leve sabor a cuero, pero a Elya le pareció lo más parecido a vida que había probado en mucho tiempo. El carromato se mecía con el ritmo cansino de una mula vieja; cada golpe de las ruedas contra el camino era un recordatorio de que aún respiraba. Su mirada, nublada, buscó a su alrededor hasta posarse en un rincón. Recostada contra un saco de grano estaba su saca de cuero. Se inclinó, un movimiento mínimo impulsado por un instinto más profundo que el cansancio, y cerró los dedos en torno al fardo. Estaba más liviano. Cuando levantó la vista, Maren dejó la aguja sobre la tela durante un instante antes de volver a coser. - Me llamo Maren - dijo la mujer al cabo de un rato, como si el silencio se le hiciera demasiado pesado. - Y tu? - pregunto. La respuesta tardó en llegar. La lengua apenas le obedecía. - Elya -Elya - repitió Maren. Por un instante, sus dedos dejaron de moverse. - El del pescante es Borik. Habla poco, y cuando lo hace, suele ser para maldecir el reuma o el precio del grano. Esbozó una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos. Sus dedos siguieron moviendo la aguja. - Tuvimos una hija. La puntada se detuvo un instante. - Se llamaba Orma. Miró la tela entre sus manos - Las fiebres se la llevaron hace dos inviernos. Hizo una pausa y aliso la tela. - A veces... cuando escucho el crujido de las ruedas, creo oír su tos. Esa tos seca que no se le iba con nada. Elya la miró. Por un instante, el dolor de aquella mujer desconocida se pareció demasiado al suyo. El carromato cayó en un bache. Las maderas crujieron y un juramento ronco llegó desde el pescante. Borik no se volvió. Era un hombre de hombros anchos y cabeza rapada, con la nuca curtida por años de sol. Llevaba un jubón gastado, remendado tantas veces que apenas quedaba algo del original. Olía a sudor, a cuero y a humo de fragua. - No le hagas mucho caso - susurró Maren, doblando la tela. -Todavía le queda algo de corazón. Aunque se empeñe en esconderlo. El traqueteo del carromato parecía marcar el ritmo de sus palabras. Afuera, el viento traía olor a barro y estiércol, mientras la mula resoplaba al tirar del carro. - Te encontramos junto a esos cuerpos - continuó, y su voz se tornó grave. - Al verte tan fría, pensé… que llegábamos tarde. Me alegré de que aún respiraras. - La guerra… —hizo una pausa, tragando saliva. - Esa maldita guerra entre Rojos y  Negros lo está devorando todo. Los señores hacen las guerras. Los demás enterramos a nuestros muertos. Suspiró. - Al final… Para nosotros solo cambia el color de la tela que envuelve la espada o la antorcha. Calló. La aguja volvió a subir y bajar sobre la tela. - Dicen que en Ludya todavía hay alguna tierra que no huele a humo. Musitó Maren al fin, con una mueca que era mitad esperanza, mitad burla amarga - Peor que esto cuesta imaginarlo. - Roncay ya está en el infierno - gruñó Borik desde el pescante. El silencio duró unos instantes. Solo se oían las ruedas y el resuello de la mula. - Y los dos bandos llevan años echándole leña. Escupió al camino, un gesto cargado de desprecio - Lobos de la misma camada destripando el mismo rebaño. El silencio volvió a adueñarse del carromato, roto solo por el chirrido del eje y el golpeteo monótono de los arreos. Maren rebuscó en un zurrón de cuero. Sacó un pedazo de pan negro, duro como una piedra, y un trozo de queso curado. Se los tendió a Elya. - Come niña. Vas a necesitar fuerzas. El camino es largo, y la travesía para estar a salvo aún más. Lo dijo casi para sí misma. - Ojala rezar bastara. Elya tomó el pan. Lo mordió. Era duro y amargo. Pero era comida. Era vida. Mientras el carromato seguía su camino, Elya se preguntó dónde quedaba ese lugar al que Maren llamaba «a salvo». - ¿Dónde estamos? - preguntó. La voz apenas le salio. Maren levantó la vista del hilo. Tardó un instante en responder, como si midiera las palabras antes de dejarlas salir. - Camino de Portumbráy - respondió. - Si los dioses tienen a bien echarnos una mano, alcanzaremos el puerto antes del anochecer. Hizo una pausa y volvió a pasar la aguja por la tela. - Desde allí podremos encontrar un barco hacia Cullen o... hacia Varisy.-añadió. - Habrá que negociar el pasaje, claro está. Últimamente hay más gente huyendo que barcos dispuestos a llevarla. Y los capitanes lo saben. Elya repitió para si uno de los nombres que habia oido. - Varisy. La palabra quedó suspendida entre el traqueteo de las ruedas. Y entonces recordó. Su madre, consumida por la fiebre, con los labios secos y la voz apenas convertida en un hilo: "Busca a Cloudy... en Varisy." Maren no pareció notar el cambio de expresión en ella. - Trata de descansar, pequeña. Aunque has dormido casi un día y una noche. Vaciló un instante. - Llegamos a pensar que no despertarías. Dejó la labor a un lado y cruzo los dedos sobre el regazo. - Hubo algo que me sorprendió cuando te encontramos. Miró hacia la lona del carromato como si aún pudiera ver aquella imagen. - No fueron aquellos soldados descuartizados. Eso, por desgracia, ya forma parte del paisaje. Hizo una pausa. - Fue encontrarte a ti. Viva, en medio de aquel lugar. Bajó la voz. - Y aquel cuervo (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved