[La Vitrina del Espectador-Parásito] El sujeto se posiciona frente a la obra con la arrogancia del que ha olvidado su origen biológico. Consume el trazo, la nota y la letra como si fueran productos de un fast-food diseñado para calmar su ansiedad de consumidor. Espera, con la inercia del esclavo, que el arte sea un servicio que le entregue soluciones masticadas para sus métricas de mercado. No comprende que el drom no es una mercancía ni una respuesta prefabricada para sus vacíos. Su autoridad es una cáscara vacía, una proyección infantil de quien necesita un amo para validar su propia existencia. Observa la realidad a través de una pantalla, vomitando juicios con la velocidad del que huye de su propio abismo, mientras el sistema, en su loop de prisa asesina, termina de consumir sus días. [La Farsa de la Autoridad Primaria] El revolucionario no es un cargo, es una biología que se manifiesta en el sudor y en la tierra que se habita. Ellos, en cambio, construyen su identidad sobre el robo de la palabra, autoproclamándose críticos desde la comodidad del simulacro. Son primates que exigen la fruta sin haber trepado el árbol, esperando que la verdad sea servida en porciones digeribles. La jerarquía que intentan imponer es una invención de quien teme la horizontalidad de los iguales. Su opinión no es un aporte, es la confesión técnica de su propia impotencia ante lo real; intentan dictar normas sobre un camino que, por definición, no reconoce sus etiquetas ni sus despachos. Desprecio absoluto a la falsa autoridad: no hay rango en la lucha, solo hay materia viva o cadáver plástico. [El Decreto de la Inexistencia] El tiempo del mercado ha muerto en este perímetro. Mientras insisten en la prisa que los asesina, el drom se expande fuera de sus relojes y sus deudas. No hay diálogo posible con quien comete el crimen de esperar la entrega de un servicio. A partir de este instante, el espectador que no tiene carne para el esfuerzo, que no tiene sudor para la construcción, es borrado del mapa. La lucidez no se detiene a explicarle nada al que prefiere la seguridad del dogma a la libertad de la materia. Que sigan esperando la respuesta que les convenga a sus cálculos; el silencio es la única respuesta que merecen. El drom no pide aprobación. El drom no pregunta de dónde ven. La red resiste, la pirámide cae, y el parásito que solo sabe consumir no tiene lugar en este tejido. La vagabundería sigue en su juguete Su autoridad es de papel Su valor es un puto dogma Su costumbre es un crimen Chachipén, sin deuda. El Duende... Drom.