El mapa fue alterado por la fuerza de un decreto. Los cimientos de la ocupación levantaron muros sobre la tierra ajena. Ahí donde la infancia fue expulsada de su propio suelo, se instaló una máquina que deshidrata cualquier vestigio de empatía. El territorio convertido en un taller de adoctrinamiento masivo, donde la conciencia humana es extirpada antes de florecer. Nacer bajo el mandato del privilegio supremo es la condena. El individuo deja de ser sujeto para volverse ejecutor. Le enseñan a mirar al vecino como un obstáculo sin derecho a existir. La doctrina moldea al colono, le entrega el arma y valida el arrebato. Pero también hay un mirador, un punto de diversión: desde las colinas del ocupante, se observa el bombardeo. El dolor ajeno es el espectáculo del fin de semana. La muerte del otro es el entretenimiento del colonizador. No hay misterio en el engranaje de la dominación. El dogma del elegido fabrica su propia ceguera. La educación no es formación, es una fábrica de sádicos. La superioridad es la máscara del que no tiene humanidad. El que mira desde arriba ya está podrido por dentro. La refinería de la barbarie no sostiene su propia sombra. El supremacismo es la muerte de la mente que lo ejecuta. Cuando el aparato de ocupación sea desmantelado desde la raíz, no quedará refugio para la doctrina que convirtió seres en instrumentos de destrucción. El fin de la mentira colonial es la única condición para que la tierra respire. Turistas de la muerte, espectadores del genocidio. La colina es el palco, el bombardeo es el show. Mientras el otro sangra, ustedes toman café y aplauden. Eso no es libertad. Es el vómito de una raza que se cree superior. Pero la superioridad no se hereda con sangre, se demuestra con el peso de la propia conciencia. Y ustedes no tienen conciencia. Solo tienen cañones. El cadáver de la ideología se pudre en su propia soberbia. La memoria de los desposeídos permanece intacta sobre el polvo. Sin perdón para la estructura. Sin espacio para el dogma que pretendió adueñarse de la existencia. El que mira desde la colina ya está muerto. El que viste este uniforme ya no es humano. SILENCIO Chachipén, ¡joder la engrenaje! Sin permiso para el asedio. El Duende, drom El uniforme es el dogma del verdugo. Pisan el pecho por placer, por deporte, por lucro. El periodista cae, el rastro se borra en el silicio. Asesinos con bota de mercado y alma de papel. No son humanos, son engranajes del sadismo. El sionismo es el fetiche del primate bandido. Gozan con el espasmo de la carne que expira. La propiedad de la tierra es el útero de su violencia. ¡Abajo el dogma de la bota! ¡Abajo el lucro sobre el cadáver! Nuestra rabia no es locura, es la brújula de la especie. El mineral no se rinde ante el cristal frío del opresor. Basta de luto, basta de simulacro moral. La indignación es el combustible, pero no basta. La materia que sufre tiene que ser la mano que golpea. SILENCIO Yag. Yag. Yag, ¡Toma! Yag. Yag. Yag, ¡Toma! Yag. Yag. Yag, ¡Toma! Yag. Yag. Yag, ¡Corta! Yag. Yag. Yag, ¡Toma! Yag. Yag. Yag, ¡Vuela! Yag. Yag. Yag, ¡Arde! Yag. Yag. ¡Es necesario! ¡Arde! ¡Albor! Yag en la bari mangue es el drom. ¡Respira! Junta horizontal. Trabajo. Tierra. Verde. Bizitza. Aske. Drom. Chachipén, drom. El Duende. drom. ¡Respira!