
Cada mañana, cálida o fría, vuelves a pie, puntual, al camino del alba… Cada mañana, cálida o fría, vuelves a pie, puntual, al camino del alba, a la luz que en silencio entre brumas a la vida te eleva, te toca el alma. Y en cada paso que avanzas un reflejo, una sombra, un crujido en la tierra, la brisa que mueve una rama, el miedo de un pajarillo, su frágil silueta, sus alas, ese breve tambor que suena mientras escapa. De repente, sin esperarlo, el campo enmudece, sigues andando pero no sientes que andas. Y es tu corazón preguntando, y tu cabeza respondiendo al miedo, removiendo ausencias, alertando mañanas que aún no han nacido. Entre la duda y la herida, entre el peso y la esperanza, aprendes a quedarte donde el ahora te alcanza. Una sonrisa o la sal de una lágrima cruza tu rostro sin avisar, lo que pudo o no pudo ser nublando la claridad. Triunfo y flaqueza se mezclan, te asaltan sin piedad, conjeturas, prejuicios, sombras que quieren pesar. Y tú, que callas, te escuchas, y entiendes lo que te pasa, respiras hondo, apoyas en el azul tu mirada. Y es tu corazón preguntando, y tu cabeza soltando el miedo, lo que no es vida se quema ante la luz del alba de nuevo. Entre la duda y la herida, entre el peso y la esperanza, aprendes a quedarte donde el ahora te alcanza. Y el mal se va, desaparece, cuando vuelves a oír tus pisadas latiendo sobre la tierra. Sigues andando, avanzas consciente de cada paso, de cada brizna de aire que hasta tu pecho inhalas. Y en tu cabeza modelas el barro de las palabras de esa voz que nace dentro y siempre, siempre, de amar te habla.

