Detrás de la puerta de hierro y cristales, arco de cal, baranda de madera, sube mi infancia por blanca escalera hasta una clase de amplios ventanales. Vestidas sus paredes de murales, su espacio de palabra duradera, que curte mi niñez a la manera del respeto, el amor y los modales. Enseñanzas que siembran lo que escribo en mis parcos comienzos, de grandeza, de saber y de aprender sin pereza, convirtiendo en humano este ser vivo. En aquel Alanís de nuestra aurora, en aquel Alfonso Orti, ya perdido, fue, de quien la hubo compartido, mujer, madre, amiga y profesora. Fue, de quien la hubo compartido, mujer, madre, amiga y profesora. En aquel Alanís de nuestra aurora, en aquel Alfonso Orti, ya perdido… Palabras que acometen el derribo del umbrío dolmen de la simpleza, arrojando de mi con su belleza la incultura, el capricho y su motivo. De la tiza y su letra moldeadora es mi letra y mi verso agradecido. De su esfuerzo y su tono dolorido es la estrofa que construyo en esta hora. En aquel Alanís de nuestra aurora, en aquel Alfonso Orti, ya perdido, fue, de quien la hubo compartido, mujer, madre, amiga y profesora. Fue, de quien la hubo compartido, mujer, madre, amiga y profesora. En aquel Alanís de nuestra aurora, en aquel Alfonso Orti, ya perdido… Mujer, madre, amiga y profesora. Mujer, madre, amiga y profesora.