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El hombre de la plaza

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V5.5

Cada tarde, cuando el sol se esconde, un hombre llega a la misma plaza. Se sienta solo junto a los naranjos y mira cómo pasa la gente. Nadie conoce bien su historia, nadie le pregunta de dónde viene. Pero él conoce todos los rostros que alguna vez cruzaron por allí. Y pasan los años, cambian las calles, pasan los nombres, pasa la vida. Pero hay recuerdos que no se marchan, aunque se vaya quien los vivió. Y pasan los años, pasa la tarde, la luz se duerme sobre la plaza. Él sigue allí, mirando el mundo, como quien guarda una casa. Conoció al niño que corría al colegio, a la muchacha que esperaba el verano, al hombre que partió una madrugada con una maleta y poco dinero. Vio despedidas junto a la estación, cartas que nunca llegaron a su destino, y alguna pareja que juró para siempre sin saber lo breve que puede ser el tiempo. Y pasan los años, cambian las calles, pasan los nombres, pasa la vida. Pero hay recuerdos que no se marchan, aunque se vaya quien los vivió. Y pasan los años, pasa la tarde, la luz se duerme sobre la plaza. Él sigue allí, mirando el mundo, como quien guarda una casa. Un día le pregunté su nombre. Sonrió y tardó en responder: «No importa mucho quién fui entonces. Lo importante es que alguien me recuerde.» Y pasan los años, cambian las calles, pasan los nombres, pasa la vida. Pero una historia nunca se pierde si queda alguien que la recuerde. Y cuando el último tren se aleja y la plaza queda vacía, él se levanta, vuelve a su casa, y guarda otro día en la memoria. Mañana volverá a la plaza. Quizá alguien se siente a su lado. Quizá por fin alguien le pregunte qué historias guarda el pasado.