Me llaman jíbara como si fuera ofensa, y yo lo llevo como una medalla en el pecho. No nací en cuna de oro, nací en la tierra; soy jíbara a mucha honra, lo llevo en el pecho. El corazón de esta jíbara late al ritmo del coquí, con la fuerza de la montaña, siempre aquí, puedes sacar a la jíbara del monte, pero el monte nunca saldrá de mí. El machete en mi mano no es un arma, es la herramienta que arranca el pan de la tierra. El sudor de una jíbara, abono sagrado, cada semilla sembrada, un acto de fe sembrado. El café que te tomas lleva mi sacrificio, las manos de una jíbara que madrugó en el oficio. Que lo sepa el mundo, mientras haya montañas, habrá una jíbara cuidándolas, su alma no engañas. Aunque la vida apriete, nunca doblo la rodilla, solo para sembrar o rezar, esa es mi orilla. Nos dicen que el progreso nos dejó atrás, pero la jíbara camina a su propio compás. La sabiduría de una jíbara no está en los libros, se aprende del sol, del agua, entre suspiros. Resistir no es pelear, es volver a sembrar, donde otros dicen que ya nada puede brotar. El corazón de esta jíbara late al ritmo del coquí, con la fuerza de la montaña, siempre aquí, me ofrecieron la ciudad por mi loma, pero esta jíbara no cambia su cielo por una broma. Soy la jíbara que cuida la tierra, que un día cuidaré de mis hijos, con su sierra. La mancha de plátano no se quita de la ropa, ni el orgullo de ser jíbaro, eso nunca se agota.