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El buscador

Por la vereda vas cada mañana, acompañando heladas orillas, para cribar con la mirada el cauce vacío del silencio. Como el buscador de oro, en el horizonte nublado introduces la pala oxidada y catas del torrente rico el pedregal de las palabras. Pero el amor, como el oro, aún se te resiste, aún, oculto en el lodo de los bares; esquivas el cálido rayo del que has de extraer su brillo. Ya nada esperas de ese río que tu anhelo encendía, aunque en tus sueños siempre amanezca, despiertas en el ocaso todos los días. ¡Sí, en el ocaso todos los días! Nunca has encontrado el filón de tu territorio y el cansancio te agarrota, remisos ya los nudillos. Agua y barro remueves febril tu batea al uso. Agitas, giras la escoria, impulsivo, vanidoso, en tu módico cedazo. Pero el amor, como el oro, aún se te resiste, aún, oculto en el lodo de los bares; esquivas el cálido rayo del que has de extraer su brillo. Ya nada esperas de ese río que tu anhelo encendía, aunque en tus sueños siempre amanezca, despiertas en el ocaso todos los días. en el ocaso todos los días. Pero el amor, como el oro, aún se te resiste, aún; y aunque en tus sueños siempre amanezca, despiertas en el ocaso todos los días. ¡Sí, seguro! Despiertas ¡en el ocaso todos los días!