
Nacer fue mi primer error, lo demás, perseverar en el dolor. Nacer fue una interrupción, una grieta abierta en la negación. Abrí los ojos y el mundo estaba cansado, la luz olía a un cuerpo abandonado. El cielo, culpable de seguir encendido, como un dios antiguo que no se ha despedido. He vivido demasiado para creer en promesas y demasiado poco para entender esta mierda. Cada mañana reincide la condena, otra máscara puesta sobre la misma pena. Dicen: mañana. Qué palabra tan humana. Como si mañana no fuera solamente el mismo día de hoy pudriéndose más lentamente. No quiero salvación. Salvar presupone una razón. No quiero eternidad, un minuto ya contiene demasiada realidad. Dios ha cerrado la boca. Los muertos tampoco se equivocan, no prometen, no saben fingir, por eso me parecen los únicos dignos de oír. Busqué sentido en libros y piel, en la noche, en el sueño, en el placer cruel. Hambre. Miedo. Deseo. Costumbre. Todo mecanismo. Toda servidumbre. Toda esperanza, animal obstinado, muerde los barrotes de un sarcófago cerrado, Una bestia sin puerta, sin salida, vendiendo futuro a quien perdió la vida. Nacer fue el primer error. Esperar fue el más cruel, promete horizonte y te entrega una pared. Todo lo que toco se convierte en pasado, todo pasado termina deshabitado. Cada recuerdo levanta su habitación vacía, cada nombre se pudre un poco cada día. ¿Para qué construir? ¿Para qué vencer, si hasta las victorias aprenden a desaparecer? Los imperios terminan expuestos en vitrinas, los amantes, atrapados en fotografías amarillas. Los cuerpos regresan a química y sal, nosotros al polvo, y del polvo al mineral. Y aun así nos levantamos. Qué obscenidad. Y aun así continuamos. Qué admirable vulgaridad. El hombre conoce el final y todavía hace la cama al despertar. Todavía planta árboles, todavía canta, todavía construye una casa y el tiempo la arrasa. Todavía escribe canciones contra la muerte, como si la muerte entendiera de suerte. Como si alguna vez hubiese oído una melodía, como si le importara nuestra pobre poesía. Quizá ahí viva nuestra única grandeza: saber que todo acaba y abrazar la certeza. Perderlo todo con la liturgia del desapego, caminar hacia la noche sin suplicar al fuego. Por eso esta noche no quiero respuestas, las respuestas son una droga desatada. otra borrachera, un narcótico mental, otra sábana blanca sobre el mismo funeral. Buscaré unos ojos dentro del vacío, como quien se sienta frente a su antiguo enemigo . Sin rezar. Sin negociar. Sin agachar la mirada ante esas voces que prometen no prometer nada. Y cuando venga la muerte, y finalmente llegue, que no encuentre en mi un creyente que la detiene. Ni mártir. Ni santo. Ni arrepentido. Solo un hombre despierto, todavía erguido. Antes de mí, la nada funcionaba. No pedía nombres. No preguntaba nada. Después llegó la carne y la obligación, el hambre, el reloj, la respiración. Me enseñaron a llamar vida a esta costumbre de aplazar la despedida. Cada mañana el mundo vuelve a cometerme y yo despierto solamente para reconocerme. La pared sigue ahí. La sed sigue aquí. El reloj no se cansa nunca de medir la insoportable puntualidad del existir. Dicen que hace falta encontrar un motivo. Encontré cientos. Ninguno sigue vivo. Todos caducaron. Todos se fueron. Todos prometieron. Todos mintieron. Amé para olvidarme de ser. Dormí para practicar cómo desaparecer. Y de ambos lados recibí la misma voz: una habitación vacía susurrando que no hay dios. Silencio. Siempre silencio. Ese es el precio. Qué admirable negocio la esperanza: vende futuro, deuda y confianza. Vende mañana a quien perdió el presente, y todavía encuentra clientes entre la gente. He visto hombres levantar imperios enteros para no pensar que acabarán bajo agujeros. He visto sacerdotes vender eternidad con la mirada torcida por la misma ansiedad. He visto mi reflejo buscando una razón para no romper de una vez esta ilusión. Pero razón no existe. Nada insiste. Eso es lo terrible. Eso es también lo limpio. No hay destino, juez, ni hay un veredicto. No hay capítulo final donde todo encaje, ni una voz celestial narrando el pasaje. Solo acontecimientos devorando acontecimientos, causas ciegas pariendo movimientos. Carne heredando carne. Miedo heredando miedo. El tiempo afilando una montaña de huesos. Los muertos ya dejaron de esperar. Los vivos todavía quieren intentar. Inventamos calendarios, apellidos, hogares, trabajos, himnos, banderas, altares. Inventamos dioses, familias y nación, cualquier ruido sirve contra la autocontemplación. Cualquier estructura que tape el agujero, cualquier mentira que lo legitime primero. Pero el agujero también mira. No pestañea. No suspira. Y conoce nuestros nombres sin haberlos aprendido, como conoce la tumba de todo el que ha nacido. Quizá morir no sea perder la vida, quizá vivir sea una pérdida extendida. Perder lentamente, día tras día, la posibilidad de no haber existido todavía.

