
El claro de Oberthal (III} El sol descendía lentamente tras las colinas boscosas de la Selva de Oberthal. La última luz teñía de carmesí el cielo y se filtraba entre las ramas de la espesura. El claro estaba sumido en sombras. Solo el crepitar del fuego y el murmullo acompasado del arroyo rompían el silencio. Bajo un viejo roble, las raíces sobresalían de la tierra húmeda, nudosas y retorcidas. Entre la hierba y las hojas caídas, los hongos asomaban como nudillos de un muerto que intentase abrirse paso desde su tumba. Elric Napier, sentado sobre un tronco cubierto de musgo, observaba al rey Walderich. El monarca tenía los hombros anchos, la barba espesa y unos ojos que parecían no perder detalle. Allí, entre árboles y fuego, parecía más en su elemento que en cualquier salón de piedra. Había dejado a un lado la pesada capa de piel, que reposaba sobre la tierra húmeda. Vestía una camisa de lino pardo, remangada hasta los codos. Con una mano sostenía un cuchillo grueso y cortaba tiras de jabalí que asaba sobre el espetón. En la otra llevaba un cuerno labrado. Cuando necesitaba ambas manos, lo clavaba en la tierra sin ni siquiera mirarlo. Sus movimientos eran lentos, casi perezosos, pero Elric no se dejaba engañar. Walderich podía parecer distraído sin dejar de observar cuanto ocurría a su alrededor. - Te defendiste bien hoy frente a este marrano - dijo el rey. - Tu padre habría aprobado esa última estocada. Elric sonrió. - Mi padre habría encontrado algo que criticar. - Eso también es muy propio de él. Walderich cortó el primer trozo de carne y se lo tendió. - Tóma. Te lo has ganado. Elric lo aceptó con una inclinación de cabeza. Walderich cortó otro trozo para sí y se lo llevó a la boca. Después bebió un trago de cerveza. - Me habría gustado verlo. ¿Cómo está de la caída? La sonrisa de Elric se apagó un poco. - La cadera le duele. El orgullo, quizá más. Walderich hundió el cuerno en la tierra hasta dejarlo firme. - Eso no me sorprende. Pero una cosa sí. Recuerdo a tu padre como un jinete difícil de igualar. ¿Cómo demonios termino en el suelo? - Un caballo asustado por una serpiente. Mi padre cayó y la cadera lo ha dejado fuera de combate. Al menos por un tiempo. - ¿Una serpiente? Walderich soltó una breve carcajada. - Después de todos los enemigos que ha tenido ese hombre, ¿va a ser una maldita culebra la que consiga dejarlo impedido? Elric dejó escapar una sonrisa. - Eso mismo le dije. No volvió a dirigirme la palabra en una hora Walderich sonrió mientras volvía a tomar el cuerno. Elric conocía aquella sonrisa. La había visto durante la caza, cuando el rey parecía más atento a los cazadores que a las piezas. Había observado cómo empuñaba la lanza, cuánto esperaba antes de atacar al animal desbocado y hasta cuánto tardaba en perder la paciencia cuando los monteros empezaban con sus pullas. Elric lo sabía. El último rayo de sol desapareció entre las colinas. La luna derramó una luz pálida sobre el claro. Walderich alzó un dedo y señaló hacia el arroyo, donde una piedra cubierta de runas borrosas destacaba en el reflejo de plata del remanso. - ¿Sabes qué dicen de esas aguas? - Oí que muestran el futuro - respondió Elric, mirando la fuente - Pero a cambio se llevan algo del pasado. - Eso dicen. Walderich se puso en pie y se acercó al arroyo. - Un juramento puede romperse. Un reino puede caer. Se detuvo cerca del agua. - Pero los recuerdos son tuyos. Y deciden lo que eres Incluso los peores. Esos son los que más enseñan, aunque uno preferiese olvidarlos. Elric miró el brocal de piedra, donde el reflejo de la luna temblaba sobre el agua. - ¿Y vos, majestad? ¿Habéis bebido de ella? Walderich soltó un sonido entre un gruñido y una risa mientras apoyaba una bota de piel sobre una de las raíces del roble. - Lo hice hace años, cuando aún creía que los dioses tenían un plan para este mundo. La sonrisa se le borró de los labios. - Ni vi el rostro de mi hijo antes de que naciera, ni olvide el de mi padre. Pero aquella noche soñé con una torre en llamas. Unos meses después, un rayo incendió una de las guarniciones del Alcaudón. Tardamos más de un dia en apagarla. Arrancó un puñado de hojas del suelo y las frotó contra sus dedos para limpiarse la grasa. - Si perdí algún recuerdo por ello, aún no lo he echado de menos. Volvería a beberla... si no tuviese cerveza. Señaló la barrica junto a su asiento. Elric apenas sonrió. Había algo en aquellas palabras que pesaba más de lo que Walderich parecía dispuesto a admitir. Frente a ellos, el fuego devoraba la leña. Walderich tomó asiento de nuevo sobre el tronco y vacío de un trago su cuerno, antes de clavarlo de nuevo con fuerza. Apoyó los brazos sobre las rodillas y poso en Elric una mirada que, sin perder la calma, se había vuelto más dura y despierta. - Tu padre no te ha enviado hasta aquí para hablar de fuentes ni de caza. Hizo una pausa. - Así que hablemos de lo que importa. Sé que deberiamos unirnos. Walderich clavó los ojos en Elric. - Lo que no sé es si quiero hacerlo con alguien como Severiano a la cabeza. Levantó un dedo, sin llegar a señalarlo. - Y hay algo que le habría dicho a tu padre si estuviese aquí. Hizo una pausa. - Cuando elegisteis a ese hombre, solo Drakenheim y Spya votaron en contra. Todos los demás lo apoyaron. Incluso Suassóns. Elric asintió despacio. Walderich volvió la mirada hacia el fuego. - No se busco un buen emperador. Se voto por uno que no se entrometiese. Su voz se endureció. - Y eso es justo lo que tenemos. Hizo una pausa. - Querían evitar a otro como su abuelo. Un hombre con ambiciones imperiales. Walderich dejó escapar una sonrisa seca. - Algo que muchos creían peligroso.. Se acomodó en el tronco y cruzó los pies. - Atrio le ayudó a levantar una fuerza capaz de hacer frente a cualquier amenaza. Como la que hubo que contener hace treinta años. Su mirada volvió al fuego. - Y ahora, mientras nosotros nos preparamos para el golpe que se avecina, el emperador encierra a uno de los pocos hombres que sabrían cómo detenerlo. Hizo una pausa. - Yo combatí bajo su estandarte. Y también tu padre. Walderich miró a Elric. - He conocido comandantes valientes, algunos astutos y otros afortunados. Atrio era las tres cosas. El fuego crujió entre ambos. - Y si algo de este Imperio sigue en pie es gracias a hombres como el, y no a tipos como Severiano. - Mi padre nunca pronuncia su nombre sin respeto - dijo Elric, acercándose al fuego y tendiendo las manos hacia las llamas. - Le oí decir más de una vez que, si Atrio daba una orden, uno podía seguirla sin dudarlo. - Un respeto que el emperador parece haber olvidado - replicó Walderich. Bajó la mirada hacia el cuerno antes de volver a alzarla. - Lo tiene pudriéndose en una celda de Ludya como si fuera un vulgar traidor. ¿Y sabes cuál fue su crimen? Elric sostuvo su mirada. - He oído muchas versiones, majestad. (...) Sigue en tema musical Walderich 🎶 y Elric Napier🎶 Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados. All text rights reserved

