Otra vez te voy a recordar, e intentaré escribir algo de ti, algo digno de contar sobre el color de tus aguas y la profundidad que escondes en tu interior. De esto y de muchas otras cosas quiero hablar de ti: de tus costas rocosas, de los barcos que te surcan sin cesar, desafiando el viento y la tempestad. Quiero hablar también de los hombres que trabajan día y noche en tus aguas, lejos de su hogar, dejando en cada viaje parte de su vida y de sus sueños. Hablar de las vidas que tú tomas a veces como tributo a tu inmensidad, y del dolor de las familias que han sufrido al perder algún ser querido cuando tu furia has querido demostrar. Porque el mar puede ser hermoso y también cruel y salvaje; puede acariciar la orilla o destruirla con su rabia. Y aun así, el hombre vuelve siempre a buscarte, como si en tus olas encontrara una razón para seguir adelante. Quiero hablar del olor a sal, del horizonte infinito, de las gaviotas que vuelan sobre las tardes de puerto. Del sonido de las redes, de las manos cansadas, de los ojos que miran el cielo esperando regresar mañana. Y en el puerto queda una luz encendida esperando el regreso de algún barco, mientras el viento golpea despacio las viejas maderas del muelle callado. Las mujeres miran el horizonte con el corazón lleno de esperanza, rezando en silencio para que el mar devuelva sanos a quienes ama. Las olas borran nombres sobre la arena mojada, pero jamás consiguen borrar los recuerdos que el alma guarda. A veces el cielo se oscurece y la tormenta comienza a rugir, haciendo temblar las embarcaciones que luchan por sobrevivir. Entonces el mar muestra su fuerza, su rostro más duro y profundo, recordándole al hombre lo pequeño que es frente al mundo. Pero también eres vida, trabajo, memoria y camino; eres canción de marineros y refugio de peregrinos. Porque tú guardas historias de lucha y de esperanza, de despedidas silenciosas y de regresos que abrazan. Otra vez te voy a recordar, porque hablar de ti es hablar de la vida misma, de la fuerza del hombre y del misterio del mar. Y aunque escriba mil palabras, siempre quedará algo por contar; porque de ti, mar inmenso, nunca se termina de hablar. Porque en cada ola que nace y en cada barco que parte, queda un pedazo de historia que el tiempo no podrá borrarte. — Eduardo Cuña Paz —