I Hubo un instante, no recuerdo cuándo, un horizonte en que se hundió el día. No es que la tarde fuera declinando sino que en nuestro amor atardecía. No era algún crepúsculo jugando a deshoras con nuestra fantasía, sino que el sol de amar era muy blando y nuestro amor ya no resplandecía. Habrán sido los años, la costumbre, la rutina apagando las centellas, volviendo la pasión en certidumbre. Nos cogimos las manos, sin reproche, a la sombra amoldamos nuestras huellas y, juntos, ingresamos en la noche. II Fue el segundo maldito de las huellas de las gaviotas en la playa mía, tú mirabas doliente las estrellas y la luna callada se escondía. Fue el segundo maldito de la duda de aquellos pescadores sin un mar, tú seguías absorta, triste y muda mirando las estrellas titilar. Quise romper el tiempo con un verso sacado del poema del ocaso, tú cerraste tus ojos con un terso movimiento de espumas y fracaso. No digas nada, dije, sin reproche y, juntos, ingresamos en la noche.