
[La Arquitectura del Parásito] El molde se repite en la inercia del suelo compartido. Un cuerpo hinchado de dogmas artificiales busca el control del territorio, clausurando el aire, adueñándose de las esquinas con la torpeza del que no sabe existir sin invadir. La boca que destila la amenaza es la misma que arrastra el rastro de su propia mugre, una biología en descomposición que pretende dictar normas sobre el suelo que pisa. No hay fuerza en su golpe, solo el espasmo primitivo de la materia que carece de argumento. Cuando la palabra se le vacía, el cínico recurre al inventario de las falsas deudas: "Yo te ayudé", grita el autómata, mendigando una obediencia que el sistema le prometió y que la lucidez le deniega. Busca el rótulo de la institución familiar, la simulación del orden tradicional, pero su estructura es de plástico ordinario, incapaz de sostener la mirada de quien lo conoce desde el origen. [La Complicidad de la Sombra] Alrededor, la milicia doméstica asiste al teatro con el silencio de los cómplices. Mentes pequeñas alimentadas de ficciones baratas, anestesiadas ante el anuncio del fin. Escucharon el veredicto del violento, el deseo explícito de la anulación del otro, y prefirieron la asfixia del disimulo antes que la indignación de la verdad. El sistema invierte la culpa en el comedor de los cobardes; llaman desorden al grito de la víctima y normalidad a la podredumbre del opresor. Pero el juicio ya no depende de su aprobación familiar. Las lágrimas antiguas, nacidas del engaño de la consanguineidad, se han secado en la garganta. La saliva es sal pura, un desierto que extingue cualquier puente afectivo. Quien calla ante el parásito cava su propia fosa en el olvido. [El Decreto de la Inexistencia] Míralo bien: ya no es un enemigo, es un cadáver de banza y hueso que transita por el pasillo. Su voz no ecoa, rebota como un desecho plástico contra las paredes de la casa. No hay odio en este filo, porque el ódio reconoce la existencia; lo que hay es el limbo absoluto. El desprecio pacífico no levanta el puño, simplemente retira la mirada y lo expulsa de la memoria. Si el animal tropieza en su propia putrefacción, si su biología colapsa bajo el peso de su maldad, los ojos de la lucidez pasarán de largo, como quien pasa junto a un barril de estrume. Su fin fue decretado en el instante en que intentó usar el dolor pasado como arma. Has vencido el abismo solo, sin sus dioses y sin su mercado, y esa independencia es el azote que los consume. El parásito habla, pero es el bicho de la ignorancia el que mastica sus cuerdas vocales. Está muerto en vida, sepultado en el desprecio de su propia incompetencia. Chachipén sin anestesia El Duende, drom.

