
Arde mi tierra sin culpa ni pena, fuego que esconde promesas ajenas. Llamas que bailan con rumores viejos, mientras el silencio nos prende los huesos. Y justo en la loma donde el árbol lloraba, levantan espejos que al sol desangran. Adornos de oro para el poderoso, troncos negros del bosque frondoso. Antes el monte guardaba su luto, años de espera, respeto absoluto. Pero llegó el año de leyes torcidas, y empezaron veranos de hogueras fingidas. No seré yo el que te cuente lo que pasa. Ya no hay verde en el río ni en la montaña. Solo cenizas y rencor en las entrañas. La desidia del pueblo, del pueblo que calla. Si llueve en exceso, florece la hierba, pero nadie la corta, nadie la siega. Montes repletos de pasto sediento, esperan la chispa que prenda el infierno. Cárteles del fuego, contratos de humo, políticos firmando el precio del rumbo. Los que apagan incendios también los encienden, y el bosque se prende, se muere, y se vende. Antes el monte guardaba su luto, años de espera, respeto absoluto. Pero llegó el año de leyes torcidas, y empezaron veranos de hogueras fingidas. No seré yo el que te cuente lo que pasa. Ya no hay verde en el río ni en la montaña. Solo cenizas y rencor en las entrañas. La desidia del pueblo, del pueblo que calla. Cruzas la raya y el verde resuena, allí los abuelos aún riegan la tierra. Aquí los dejamos morir en el polvo, vendimos el campo, compramos despojos No seré yo el que te cuente lo que pasa. Ya no hay verde en el río ni en la montaña. Solo cenizas y rencor en las entrañas. La desidia del pueblo, del pueblo que calla. No seré yo el que te cuente lo que pasa. Ya no hay verde en el río ni en la montaña. Solo cenizas y rencor en las entrañas. La desidia del pueblo, del pueblo que calla. ¡Del Pueblo que calla! ¡Del Pueblo que calla!

