
Un niño descalzo en las calles de Lautaro, huérfano, sin nombre, sin rumbo claro. Brillando zapatos ajenos, sin abrigo ni aliento, la ironía de la vida, un niño sin sustento. Los trajes pasan, las monedas caen, caras frías, ni un gesto que valga. Él sigue firme, cada día su reto, buscando en cada esquina un respiro, un chance, un momento. Pasaron los años, cambió de lugar, encontró familia y raíces, un hogar. Le enseñaron la tierra, el idioma ancestral, el joven se hizo fuerte, su historia empezó a cambiar. Orlando, mi abuelo, un nombre que pesa, fuerza de roble, corazón en la mesa. Contra el viento y la marea, luchó, se armó, y en su propio paraíso la vida creó. Orlando, ejemplo de aguante y valor, caminaste sin miedo, superaste el dolor. Fue al registro, pidió su lugar, sin leer ni escribir, pero listo pa’ empezar. Orlando, se llamó, un nombre de fuego, para un hombre que levantó su propio terreno. Huertas y frutales en su patio brotaron, medicina natural de la tierra que amó. Decía en mapudungun: “La tierra es sagrada”, y cuidó cada vida, planta y mirada. Orlando, maestro de lucha y humildad, su espíritu firme, su paso sin dudar. Nos enseñó que aunque la vida te rompa, uno se levanta, el viento en contra soporta. Orlando, mi abuelo, un nombre que pesa, fuerza de roble, corazón en la mesa. Contra el viento y la marea, luchó, se armó, y en su propio paraíso la vida creó. Orlando, ejemplo de aguante y valor, caminaste sin miedo, superaste el dolor. Orlando, recuerdo eterno en cada estación, tus huellas firmes en nuestra generación. Nos mostraste que hay solo una dirección, hacia adelante, sin rendición. Orlando, mi vuelo, siempre te recordaré, por tu fuerza y tu humor, hasta que la vida se fue.

