
La rosa de Josefina, esposa de Napoleón Bonaparte En los días del Imperio, cuando Napoleón Bonaparte cruzaba Europa y los mapas cambiaban de forma, su esposa, Josefina, encontró su propio reino. No estaba hecho de ejércitos, ni de coronas, ni de victorias. Estaba en Malmaison, entre senderos tranquilos, invernaderos luminosos y cientos de rosas. A Josefina, esposa del emperador, le apasionaban las flores. Las buscaba en tierras lejanas y las reunía en su jardín, como quien guarda pequeños mundos en un mismo lugar. Quería que su belleza no se perdiera. Por eso, el pintor Pierre-Joseph Redouté las retrató con tanto detalle que casi podían sentirse sus pétalos. Napoleón conquistaba territorios. Josefina cultivaba paciencia, color y belleza. Pero su historia de amor no tuvo un final de cuento. Al no poder tener un heredero, Napoleón y Josefina se separaron. Aun así, quedó entre ellos el recuerdo de los años compartidos. Y Josefina siguió cuidando Malmaison, rodeada de sus rosas, hasta el final de su vida. Quizá por eso, su historia todavía florece: porque incluso cuando dos caminos se apartan, hay recuerdos que permanecen.

