
Asi Son Las Cosas
Sacaron su vestido de un baúl de cedro, con manos frías como las baldosas del patio. Su madre le prendió el encaje al cuello y le dijo: «Mantén la cabeza alta, hija. Así son las cosas». Al otro lado de la plaza, la campana de la iglesia repica temprano, y el novio aguarda con sus gemelos de oro, sonriendo como si ya le hubieran entregado las llaves de la casa, de la bodega, del resto de la vida de ella. Lo conoció una vez en Merida, en junio, junto a una mesa con limones cortados y ceniceros, cuando él hablaba de caballos y de propiedades como si ambos fueran la misma clase de promesa. Ella rio, porque entonces todo era más fácil. Debió haberse marchado antes del postre. Pero ahora sostiene un velo entre las manos, mas fina que el ala de una mariposa y su tía le dice: «Ya te acostumbrarás». Ella mira hacia la puerta, hacia el camino, hacia el polvo, hacia el pequeño coche azul que espera afuera, y piensa en el joven al que amó y que nunca regresó de Progreso. Así que permanece de pie en la capilla mientras el órgano exhala su vieja melodía, y todas las miradas de la sala le ordenan que esté quieta, que sea buena, que sea agradecida. Ella dice que sí con los labios. En su mente, dice que no claro y tajante como un cuchillo sobre la baldosa. [Coro] Que suenen, que suenen las campanas, yo no nací para decir que sí por costumbre. Que suenen, que suenen las campanas, si me llaman por mi nombre, yo vuelvo a mi rumbo. Que suenen, que suenen las campanas, no me vendan la vida envuelta en encaje. Que suenen, que suenen las campanas, mi boca dice «sí», pero mi pecho no lo hace. Y cuando el sacerdote pide un «para siempre», ella se desliza el anillo en el dedo, lentamente, como quien cierra un cajón. Y el anillo se siente frío, pesado, como una sentencia más que una promesa.,

